Tiempo suspensivo (II)

En esta segunda entrega de fragmentos del libro Tiempo suspensivo (Ediciones Proceso, 2021), la periodista chilena Yasna Mussa comparte el relato de varias jornadas que transcurrieron entre mediados de marzo e inicios de abril de 2020, pocos días después de que la OMS confirmara que el Covid-19 era una pandemia. Con autorización de la editorial reproducimos el texto.

Foto: Especial Tiempo suspensivo

Yasna Mussa

Santiago de Chile

Marzo

Domingo 15

Hoy comenzamos la cuarentena en casa, donde habitamos tres: P, mi novio; mi perro Morfeo y yo. Con P decidimos quedarnos en casa, pero por el momento la decisión es también parte del privilegio. No todos están autorizados a realizar teletrabajo y muchos empleadores creen que es una medida exagerada. El gobierno está actuando mal y tarde y, en dos semanas, ya hay 70 casos confirmados.

Hace apenas 5 meses este país estaba en llamas por la indolencia de quienes nos gobiernan y porque el sistema ya no da para más. La Suiza de Latinoamérica era en realidad una estafa que se pagaba a más de 12 cuotas y con altos intereses. No me atrevo a dejar el destino de mi salud en sus manos, así que preferí encerrarme voluntariamente. 

Ayer hicimos algunas compras por Internet y hoy fuimos al súper por un par de cosas más. Nos preparamos como si fuéramos de viaje. O a un camping. Había más gente de lo habitual pero aún está todo tranquilo, aunque al parecer el pánico es escrupuloso: arrasaron con el papel higiénico, con el cloro y los útiles de aseo. Una señora llevaba la mitad del carro del supermercado con papel higiénico y se ganó miradas de desprecio de todos a su alrededor, incluyendo a la cajera que la atendió de mala gana. No puedo mentir: yo también la juzgué. 

Lunes 16

Hoy desperté temprano y preocupada. Decidí armar una agenda para no volverme loca y así organizar mis días. Tener actividades diarias saludables. Aunque soy freelance y acostumbro a trabajar en casa, hay algo en esta psicosis colectiva que hace más agobiante el encierro. Así que por la mañana instalé mi mat e hice media hora de yoga. Luego decidí ducharme y vestirme como si tuviera que salir a algún compromiso. Me pinté los labios de color rojo olvidando que al rato tendría que esconderlos bajo la mascarilla. 

He leído tips sobre cómo sobrellevar estos días de cuarentena y todos coinciden en no caer en la tentación del pijama eterno. Así que una vez vestida saqué al perro a su vuelta matutina por el barrio, el único paseo que nos permitimos mantener, aunque acortando el trayecto y eligiendo las calles menos transitadas. El número de contagiados aumentó a 155 y desde el miércoles 18 se cerrarán todas las fronteras. Con P nos tomamos una botella de vino y luego nos sentimos culpables por pensar sólo en lo inmediato. Nadie sabe cuánto podrá durar todo esto. 

Martes 17

Hoy desperté temprano y mi mañana transcurrió como de costumbre: preparé café, leí los periódicos, regué algunas plantas. Extrañamente estas dos últimas noches he dormido bien. Muy bien. Una sorpresa en medio de mi crisis aguda de insomnio. Como si al saber que hay una amenaza real y mundial se ordenaran mis prioridades y se calmara mi ansiedad en otros aspectos. O quizá sentir que esto que nos afecta a todos es compartido y no estoy sola. Quién sabe, pero como nunca he logrado cierto ritmo y orden: cumplí con mi clase online de yoga y logré hacer la mayoría de mis tareas. Por la tarde me entero de que el número de contagiados aumentó a 201. El ministro de salud, al que nadie le cree, dice que el peak será cerca del 28 de abril. Recién he vuelto de pasear al perro. Poca gente en las calles, pero mucho más de lo que hubiese imaginado. Siento que la mayoría aún está incrédula y quizá por primera vez los medios tienen algo de razón.

Sábado 21

Esta mañana cuando desperté, pensé que todo esto de la pandemia había sido un sueño. Segundo día consecutivo que me pasa lo mismo. Luego me levanté y decidí quedarme en pijama todo el día. Me senté en el balcón a leer y noté que había más pajaritos que de costumbre. El silencio de la calle es notorio por estos días y los pájaros cantaban en coro como nunca los escuché. Acaba de comenzar el otoño y hay una luz muy bonita. El ministro de Salud anunció que hay una primera fallecida por el Covid-19, una anciana de 82 años. Me asusta lo que puede pasar con todo esto. 

Domingo 22

Hoy amanecí con mucho ánimo. Con ganas de cocinar y preparar todas esas recetas que nunca hice por falta de tiempo, así que preparé arroz tapado, un plato peruano que P. se devoró. El resto del día me la pasé hurgueteando en recuerdos. Parece que el tiempo se detuvo y el encierro te enfrenta con un presente repetitivo que sólo tiene sentido cuando te sostienes en los recuerdos. En los viajes que hice, la gente que conocí, todas esas personas que echo de menos. Cada actividad social que tuve hace menos de dos meses me parece lejana, como si nos separaran años de distancia. 

Después de comer saqué unas cajas que quedaron cerradas desde la mudanza y comencé a revisar libretas antiguas: ahí mezclados encontré textos que me gustaría pasar en limpio y fotos que no recordaba que tenía. Unas polaroids que parecen sacadas de otra época. Las hice con una cámara moderna que imita los antiguos artefactos y la compré en Bangkok, made in China. Sentí una especie de nostalgia que de seguro es efecto colateral de este virus maldito que comenzó allá, en Oriente, y que ahora, a este lado del mundo, me tiene encerrada probando recetas nuevas y con sobredosis de encuentros por Zoom. 

Abril

Viernes 3 

Hoy es el cumpleaños de mi padre. Cumple 64 años y este año se convirtió en abuelo. Esperamos tanto la llegada de mi sobrino que ahora parece un castigo que este motivo de fuerza mayor nos impida verlo crecer durante sus primeros meses. Pero hablaba de mi padre porque es una persona inquieta, que adora salir y juntarse con sus amigos en el café al que asiste casi de manera cotidiana. No logro imaginarlo encerrado. Nunca. Mucho menos el día en que cumple años. Creo que a la gente mayor le ha costado entender eso de no salir, de no ver a nadie, de usar mascarilla. Como si se sintieran inmunes o que, al ir de retirada, la vida no está para desperdiciarla encerrados y solos.

Bueno, la gente mayor en general, porque a mi abuela Clara no le ha costado ni un poquito. Ella tiene tanto rechazo por los hospitales, los médicos y los exámenes, que es la única de la familia que está llevando la cuarentena con la disciplina de una bailarina. Quedó bastante traumatizada luego de acompañar a mi abuelo durante su lucha contra el cáncer. Fueron apenas tres meses, pero lo suficientemente intensos como para convencerla de que lo mejor que puede hacer es evitar poner un pie en algún centro de salud. Por eso, aunque vive sola desde hace varios años, se las arregla para que le lleven las compras sin necesidad de salir. Su único acercamiento para con el mundo exterior es WhatsApp. Y a medias. Cada vez que me escribe un mensajito me pide disculpas porque no sabe cómo poner las tildes. 

Con todas estas noticias de tanques de oxígeno, abuelos muriendo y despedidas inconclusas me acordé de mi abuelo y tuve ganas de llamar a mi abuela. Pensé que sería una conversación casual, como de costumbre. Pero al parecer, el encierro y la tevé la trasladaron a los mismos recuerdos que bombardean mi cabeza por estos días. A ese año en que mi abuelo enfermó gravemente y tuvieron que instalarse en la capital para acceder al tratamiento que necesitaba, pero que al final no lo salvó. Durante esos tres meses vivieron en un departamento arrendado, con muebles antiguos y ajenos, donde yo también pasé una temporada con ellos. Era, como decimos en Chile, la regalona. La primera hija, nieta y sobrina. La única niña en un mundo de adultos, así que nadie dudó de que también debía acompañar a mi abuelo en su estadía hospitalaria. 

Desde hace 4 años vivo en Santiago, muy cerca de aquel departamento de mis recuerdos de infancia. Pero por más que camino por allí no logro identificar el edificio. Todos se parecen y me confunden, y no quería preguntarle directamente a mi abuela porque sé que hasta hoy le provoca dolor su partida. Por eso me sorprendió cuando luego de hablar de una receta me preguntó de manera muy casual dónde queda mi nuevo hogar. 

‒Muy cerca del departamento donde vivimos con tu papi‒  me dijo cuando escuchó mi dirección. Y luego soltó el número de aquel edificio.

Al cortar el teléfono, entré a la comisaría virtual, saqué un permiso para paseo de mascotas, tomé a Morfeo y me puse la mascarilla. Dimos su vuelta cotidiana por el barrio y allí estaba: el edificio que veo casi a diario y que hasta hoy no sabía que estaba tan cerca de casa. Allí, se congela el tiempo con sus recuerdos, con la voz de mi abuelo, con ese tanque de oxígeno y su respiración entrecortada. La calle estaba vacía y los árboles amarillos de otoño. Me toqué la cara dos veces y pensé en el virus, en este encierro, en que soy vecina del aquel recuerdo de infancia. 

Al volver a casa me senté en el sofá y pensé que este es el único puzzle que he logrado armar durante esta cuarentena.

(*) Este texto forma parte del libro Tiempo suspensivo. Diarios de la pandemia alrededor del mundo, elaborado por Revista Late y publicado por Ediciones Proceso en enero de 2021.

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