La vía chilena a los cambios: discusión constitucional

El estallido chileno conquistó el derecho a sepultar la Constitución de Augusto Pinochet por medio de duras y largas luchas iniciadas en octubre de 2019. Estamos convocados para elegir en pocos días más a quienes deben discutir, redactar y proponernos una nueva Constitución, en medio de una crisis económica agudizada por la pandemia que ha profundizado las carencias y necesidades de las grandes mayorías.

La Constitución de 1980, surgida de la dictadura pinochetista, ha amparado la desigualdad en el acceso a la salud, un inequitativo sistema de pensiones y altísimos costos de acceso a la educación. Foto: Especial / Youtube BBC

Por José Miguel Arteaga*

Si bien el proceso va marchando con un calendario, reglas y formas en cierto modo consensuadas entre las diversas fuerzas políticas, la sociedad en conjunto y las instituciones políticas en particular están sometidas a fuertes tensiones en medio de este proceso.

Las grandes mayorías que conquistaron este derecho saben que sin su presión constante y decidida no lograrán sus objetivos, pero también tienen claro que está presente el riesgo de que la lucha se salga del cauce institucional y que ello podría significar graves daños y retrocesos para sus intereses.

Consta que sectores de extrema derecha en momentos álgidos de la disputa desatada desde el estallido presionaron secretamente al gobierno para una intervención más decidida y radical de las FA.AA. También ahora, en medio del conflicto con el pueblo mapuche, estos sectores piden públicamente estado de sitio para la Araucanía.

Partimos de una base indiscutible: Chile es una sociedad de clases fuertemente estratificada, con los índices de desigualdad más altos del mundo. Un escenario complejo y difícil en que la polarización y la lucha aguda son inevitables. Cambios profundos hay que hacer. Son necesarios y urgentes. Los chilenos hemos elegido hacerlos dentro de los marcos institucionales y aunque por ahora no los ha habido con la profundidad requerida, se está respetando esta tácita convención. Sin embargo, existe la posibilidad de que las fuerzas conservadoras cierren el paso a los cambios abriendo con ello interrogantes siniestras.

Chile tiene determinantes duros no fáciles de remover. Las estructuras sociales de alta concentración de capital son fuertemente gravitantes en temas críticos, económicos, políticos, culturales e ideológicos. Existen fuertes dependencias de mercados, consorcios y Estados extranjeros. El modelo Chicago es extractivista y ambientalmente insustentable. Prevalece una grave incapacidad de asimilación y desarrollo tecnológico. La concentración de capitales, recursos y poder económico es determinante en mercados clave. Hay recursos naturales y servicios esenciales en manos privadas y de consorcios extranjeros. Hay gravísimos conflictos étnicos que afectan el reconocimiento de los pueblos originarios que se arrastran por años sin resolver. Hay deformidades, restricciones y sesgos graves en el entramado de las relaciones internacionales en que Chile se mueve. Gravita sin discusión un inveterado modelo de formación y alineamiento ideo-político de las FF.AA. con evidente sesgo de clase.

Satisfacer las demandas ciudadanas con las restricciones existentes será un enorme desafío. Chile tendrá que desplegar imaginación y energía mucho más que antes y podrá hacerlo si la democracia que nos demos interprete día a día los intereses de las grandes mayorías

No se parte ni mucho menos de una hoja en blanco. Hay múltiples condicionamientos desde distintos lados. Hay que considerarlos porque todos los actores sociales y políticos intentan jugar moviendo aquellas piezas en que se abran posibilidades de intervenir a favor de sus intereses directos e indirectos a corto, mediano y largo plazo. En algunos casos sin excluir métodos extremos.

¿Qué es lo deseable? ¿Qué es posible? ¿Cómo avanzar? En principio se podría pensar que la presencia, la potencia y las aspiraciones del nuevo y masivo gran actor popular consciente de sus intereses y dispuesto a luchar por ellos, harían posible avanzar rápido y bastante lejos en dirección a los cambios necesarios. Sin embargo, hay que matizar este juicio con realismo. Ese actor social no es homogéneo ni manejable. Es una gran fuerza no manipulable ni por partidos o grupos políticos e ideológicos y en menor medida que antes por los medios de comunicación más poderosos y tradicionales, en especial por la TV.

En su comportamiento hay un conjunto de incógnitas de difícil predicción, no obstante que el contenido de sus aspiraciones está bastante claro. La crisis económica que ha provocado la pandemia ha agudizado sus carencias y necesidades, de modo que se podría esperar una radicalización mayor en sus demandas.

Es un conjunto de aspiraciones, reivindicaciones y contenidos casi no objetado por el conjunto de las fuerzas políticas, aunque con diversos grados de firmeza en la aceptación de su racionalidad y justificación. Tanto es así que salta la pregunta: ¿Cómo podría la economía de este país soportar un nivel de aspiraciones tan extendido, profundo, claro y casi sin objeciones en el escenario visible de la política y en el crítico horizonte económico que se abre a futuro?

La derecha desde luego, aunque no se atreva a objetar en público ese programa, está jugando sus fichas para postergarlo, distorsionarlo o diluirlo, buscando todas las vías posibles para incumplirlo ya que los recursos para su ejecución no pueden salir sino de su patrimonio actual o futuro, o sea de sus bolsillos. Se presentará la discusión de si el país como tal es viable con ese programa en ejecución.

¿Asfixia de la democracia? Saldrán a la palestra los técnicos y tecnócratas, los economistas y planificadores, los sabelotodo, los geómetras y calculistas de los posible y lo necesario, computador en mano. Una ardua disputa técnico-política que aún, al menos públicamente, no ha comenzado, pero que, sin duda entre entendidos, en las oficinas y en la cocina, ya se desarrolla con intensidad. La derecha ya frena dentro de lo posible cualquier medida de beneficio social, aunque ello le cueste menor apoyo en las elecciones a futuro.

Una tesis que se discute a sottovoce: ¿Qué modelo de desarrollo es el mejor para dar satisfacción a las mayorías postergadas que están protestando? Los neoliberales confesos dirán que es el mismo modelo Chicago, pero con algunos ajustes, mejorando la distribución de cargas y beneficios.

Esta discusión es sustantiva, esencial. No se ha presentado con claridad una alternativa a este modelo, pero tampoco se ha podido demostrar que se desvió de su propósito nuclear por motivos políticos u otros.

La presión social irá consiguiendo satisfacer sus demandas más apremiantes y la administración de la economía y las finanzas, más allá de que se inscriban o no en determinadas ortodoxias, tendrá que ir tomando las medidas para obtener los recursos.

Una variable importante será la tasa de crecimiento del producto, pero también serán claves tanto las vías, formas y cantidades de extracción o generación de riqueza como la forma de distribución, reparto y tributos. Como la economía del país no es un nicho cerrado, también serán claves las relaciones de producción, intercambio y comercio internacionales.

Hay una clara debilidad de las fuerzas progresistas en este campo. En esta orfandad lamentable, la gran mayoría de las opiniones en el área han comprado, por completo o en gran parte, el modelo Chicago. Será muy difícil correr el cerco porque de hecho con sus creencias y sus políticas han venido constituyendo y administrando las políticas económicas de las últimas décadas inspiradas en el modelo Chicago. Representan consciente o inconscientemente una guardia que protege los intereses de las élites empresariales dominantes, responsables directas de la situación general que vivimos. ¿Cómo contrapesar su influencia? Tarea compleja porque llevan muy adentro todo ese contrabando y, además, porque, por el otro lado, en la otra vereda, más hacia la izquierda, más cerca de la causa popular, hay poco y nada. Es un drama de alta complejidad, de difícil solución, que hay que pensar y buscar resolver porque es asunto decisivo.

Mover estos anclajes teóricos será de gran importancia, pero su dificultad no impedirá que la agenda social se vaya materializando. La movilización popular forzará este camino, aunque no hay que minimizar el poder distorsionador y falsificador del poder dominante. Su capacidad de camuflaje y de autojustificación es muy elevado. Querrá encerrar la discusión en este ámbito donde es fuerte y donde sin duda puede encontrar aliados más allá de sus propias filas.

Será un campo de batalla inevitable y es bueno que lo sea. Un desafío no menor para una izquierda que ha ido perdiendo terreno en este campo en las últimas décadas. Ya casi no le queda espacio de identidad en Chile y América Latina; de verdad en todas partes. El caso concreto nuestro y la urgencia de enfrentarlo será una prueba que podría contribuir a aclarar cuestiones clave en este espinudo problema.

Tampoco habrá que esperar las soluciones teóricas o la consistencia ortodoxa para avanzar. Es lo más probable que la realidad se encargue de pasar por encima de este chantaje doctrinario y enseñe caminos a la misma teoría. Ayudará sin duda a desentumecer los cansados y deprimidos espíritus de los economistas de este lado. Enhorabuena. Pronto se darán cuenta de lo indispensable que se hace mover puntales clave del paradigma dominante, fuertemente sujetos y sutilmente encubiertos. Habrá que empezar a sacarse buenas notas ante las grandes mayorías postergadas y no ante los grupos de poder, internos y transnacionales y los organismos internacionales como el FMI, el BM o el Tesoro norteamericano.

Satisfacer las demandas ciudadanas con las restricciones existentes será un enorme desafío. Chile tendrá que desplegar imaginación y energía mucho más que antes y podrá hacerlo si la democracia que nos demos interprete día a día los intereses de las grandes mayorías. Sin duda costará llegar al punto en que este camino se aclare, se abra y consolide, pero nada podrá impedir que esta realidad se constituya y establezca como una nueva etapa en nuestra historia. Es un prometedor futuro que costará trabajo, pero los niveles de movilización y lo aguerrido de sus protagonistas hacen pensar que las cosas irán por ese camino.

Demos término a estas notas con un antiguo adagio que pone en relieve las tareas constitucionales que estamos enfrentando. Un viejo chino decía que cuando los reinos deben sucumbir tienen muchas leyes. No queremos con esto desmerecer la nueva Constitución. Es una enorme conquista haber abierto esta puerta, pero más que la nueva letra y los códigos, vale el pueblo consciente y movilizado, es decir, el autor y protagonista real de la historia. No nos enredemos demasiado en las formas y los papeles. Vamos a lo más sustantivo, vamos al hueso.

*Filósofo y economista chileno, @josemiguelart17

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