Tiempo suspensivo: diarios narrados por periodistas

Ediciones Proceso y la revista Late publicaron el libro “Tiempo suspensivo. Diarios de la pandemia alrededor del mundo”, en el que periodistas relatan la manera en que vivieron la pandemia. A continuación, mostramos el primero de dos textos que nos enviaron para los Diarios de Covid-19.

Foto: Especial

Por Diego Cazar Baquero*

Quito, Ecuador 

Las noticias de China llegan desde ningún lugar. Ese sitio que no existe está en cuarentena por culpa de un virus prófugo y nosotros lo sabemos por las vocecitas somníferas de los noticieros. Por Twitter. Por Facebook. Por Whatsapp. El virus no existe. El virus es fake news. El virus está allá afuera. Pandemia ajena.

Llevaba ya tres años escribiendo un diario al que llamé “cuarentena” porque lo inicié el día en que cumplí 40. Creí que 365 días después lo terminaría, pero no. Lo estoy haciendo ahora, tres años más tarde, cuando ese nombre parido del vientre de la cursilería en una playa de Crucita bocetea un horizonte de horror. Me sobreviene el silencio. O el asombro. O el miedo. No sé bien lo que es el miedo. “El peor virus es el miedo”, dijo un idiota con poder.

Ana también guarda silencio a mi lado mientras mira a mis sobrinas corretear, agitarse, sudar, reír, estornudar y lloriquear mientras celebran el décimo cumpleaños de Ariel, la querendona, la que se deshace en conversaciones que parece que le fueran ajenas pero que domina. Ayer, mientras cantaba en el bar, como cada viernes, murió la paciente cero. El miedo nace adentro desde afuera. Anahí, la adolescente, se hace cargo de la música desde su celular. Hay 177 siete personas en cerco epidemiológico en este paisito de 17 millones. Daniela entra y sale, abraza, bromea, se esconde en algún rincón de los patios, vuelve a casa, pica algo y se va. La ministra dijo que a quién se le ocurre prohibir eventos masivos y su gobernador en Guayas ‒el idiota con poder‒ anunció el partido de fútbol con público mientras aviones llenos de compatriotas con sus respectivos virus aterrizaban en el aeropuerto internacional José Joaquín de Olmedo de Guayaquil. Brianna, la más pequeña, dormita en los brazos de mi hermana porque a sus cuatro meses no sabe hacer más que dormir, mamar y cagar y en esa rutina elemental reside la pregunta que ahora me tamborilea el pecho. ¿Por qué tuvo que venir ahora? Nacer. Vivir. Las respuestas ‒supongo‒ son mis viejos cantando y doblegados de ternura; mi hermano en aquel regocijo que le sonroja y le hace levantar la voz y agitar su melena rubia ‒roquero nórdico perdido en esta bandeja arrugada que es Quito‒; Ana y yo, juntos, de la mano, contemplando ‒entre risueños y asustados‒ cómo llegan más tíos, más primas, más niños, regalos, comida, cerveza, la tarde del sábado con su llovizna, la noticia de la muerte de la hermana de la paciente cero y la sensación del desamparo ante la manga de indolentes e inútiles que hemos puesto a decidir por nosotros desde 1830. 

¡Salud! Así nomás, sin besito, solo con el codo te saludo. ¡Ay, bueno, ya, qué importa! Ven, te apapacho, mijo, ven, te chango, ven, te mucho, carajo. ¡Salud! 

Ahí dentro, bajo techo, en esa casa quiteña donde estamos reunidos como si la vida fuera otra, recuerdo la escena inicial de El eternauta que se me hace engendro bajo una tarde andina, sin posibilidad de nieve pero con una pandemia en ciernes. ¡Salud! ¿Por qué tuvo que venir ahora? ¡Salud! ¿O reminiscencia de El ángel exterminador?¡Salud! ¡Salud! Oesterheld y Buñuel en una sola criatura. Invisible.

¿Viste el twitter? No quiero verlo. Cerraron las fronteras. ¿Ya cerraron? El Pablito llegó con las justas de EU. Su mamá se quedó en Santiago. La Ana María se quedó varada en Canadá. La hija de la Mica se quedó en Londres con sus compañeros del cole y no tienen dónde ir. La Dani también llegó a tiempo desde China. ¿Le hicieron exámenes en el aeropuerto? No le hicieron nada. Solo llegó y entró, como si nada, después de haber vivido un año en China. En Shenzhen. No en Wuhan. En Shenzhen. Ahora en Quito. Pero China es ningún lugar. Quito existe. Pero el contagio no fue en Quito. Ah, entonces no existe. Un virus invisible. ¡Eso es redundante! Es fake news. Son miles de miles de kilómetros.¿Tienes mascarilla? No. ¡Salud!

***

Domingo. Lunes. Emergencia sanitaria. Toque de queda. No sé cuándo volveremos a tocar en el bar. No sé cuántas despedidas más debamos aguantar para dejar de sentir que la última será la última. 

Mi depar de La Vicentina tiene una ventana doble que da a la calle por donde pasa el camión de la basura todos los martes, jueves y sábados. Mi ventana es mi propiedad mayor en el inventario de mis únicos bienes. Casi todas las mañanas advierto la llegada del camión por la tonadita instrumental de Wind of change, de los Scorpions, en los altavoces. Todo o casi todo se ha detenido, pero la recolección de basura no. Las otras ventanas dan hacia el patio interno de la casa, una estructura sesentera de dos pisos que resistió al mal gusto de los setentas. Si no fuera por las plantas que puse a crecer en las repisas, esas ventanas no servirían de mucho. 

Ana en su casa, yo en mi depar de La Vicentina. Unos 10 kilómetros de distancia. Lo suficiente para que adentro se vacíe todo. No sé cómo pagaré el arriendo de marzo. “Ventana de cuatro vidrios: / Con tu cruz de madera / eres un nicho abierto en el cielo / para guardar nubes muertas.” 

Tres años después, Ana y yo deberíamos mudarnos juntos.

***

Hay que encerrarse. Salir de compras solo cuando sea necesario, la menor cantidad de veces y a solas. Con mascarilla. La mascarilla me recuerda a las manifestaciones de octubre, las fake news del gobierno y las fake news del exgobierno. Miserables todos. El gas lacrimógeno asfixiando niñas y niños, ancianas y ancianos. El tacho de gas que por cinco centímetros no trituró mi pie esa tarde, frente a la Contraloría. Si no fuera por el Matías, que entre reportear para la BBC se daba tiempo para salvarme de mis propias distracciones. Salir de compras con guantes. Desinfectarlo todo. Agua y jabón. Alcohol. Cloroquina. ¡No, cloroquina no! Alcohol. Agua y jabón son suficientes. ¿Desinfectamos también las frutas? Supongo. No, guantes no. No sé, eso no dijo la ministra. La ministra indolente. Las noticias ya no son tan lejanas. Guayaquil comienza a morirse de nuevo. ¿Viste el twitter?

***

El valor de la verdad y el imperio de la mentira darían para disertar largamente en Ecuador. El primero se diseña de acuerdo con el grado de incidencia que puedan tener las palabras de un orador en el comportamiento de sus audiencias. Estas deben, no obstante, mostrar ingentes dosis de sumisión ‒borreguismo, le dicen‒ de modo que su capacidad de reacción se limite a la pleitesía y, en el mejor de los casos, a la idolatría. Lameculos.

Ecuador es un territorio seudotriangular dibujado sobre una línea imaginaria. Algo que puede existir y que también puede ser una ilusión. Está comprobado que el monumento a la Mitad del Mundo ‒ese falo piramidal coronado por una esfera gris‒ no se levanta sobre el paralelo cero, como creen los turistas. La línea del ecuador pasa por otros sitios. Allá no van los turistas ni los geógrafos ni los arqueólogos. Este país se sostiene sobre la base de una idea repetida pero desubicada. Un error consciente. No importa si hay verdad. Basta con que la idea pueda venderse bien por un tiempo, descartarse y reemplazarse por una nueva después. Libertad, soberanía, independencia o progreso son fórmulas de verosimilitud que rara vez fallan. Pero incluso la posibilidad de esa verosimilitud fundada en mentiras es enclenque. La verdad no tiene valor por estos lares. Vale más quien puede acuñar ideas y venderlas mientras esas ideas se sostengan. Luego cambia de idea, ensaya un discurso apasionado, levanta el puño de macho encabronado y pasa a la historia. ¡Viva la patria! Democracia de papel higiénico.

Guayaquil es trending topic en Twitter. Los operarios de gobierno han puesto a tuitear a sus lambiscones a sueldo para crear una falsa sensación de seguridad. Y de heroicidad. Dicen que todo el sistema sanitario ecuatoriano está preparado para enfrentar la pandemia. Dicen que hay suficientes camas. Dicen que hay mucha desinformación y que el exgobierno quiere desestabilizar al gobierno y dicen que el exgobierno es una basura, pero no dicen que unos y otros apestan aunque aún no sepamos cuán intenso será su hedor compartido. Algunos son funcionarios con cuentas falsas que soban los lomos de presidente y ministros, otros sólo son subempleados hambrientos e inescrupulosos con aires de geeks. Todos intentan reproducir las tácticas que instauraron en el dosmildoce los operarios gubernamentales de ese entonces, pero no les alcanza el razonamiento ni para mostrar solvencia.

Un virus invisible no puede frenar el impetuoso espíritu de progreso que caracteriza a un patriota nacido en esta tierra de héroes y mártires henchidos de fervor patrio.  

Sin que lo sepamos aún, los cadáveres se apilan unos sobre otros dentro de esos contenedores de congelación que son un horno. Cuerpo sobre cuerpo. Bolsa de 180 dólares sobre bolsa de 180 dólares. Los hacheros sin hogar de las calles guayacas aprovechan para hacerse unos dólares a cambio de identificar los cuerpos para los deudos angustiados. Quién sabe si conseguirán con esa plata algo de hache, la droga del pueblo, la droga del suburbio, la droga de la Trinitaria y de Bastión, la droga de los invisibles. Los de criminalística no se atreven. Los del ministerio se hacen los cojudos. Los de la vicepresidencia están ocupados en difundir imágenes de su candidato en las redes. Los hacheros no tienen qué perder. Uno abre la cremallera de una bolsa con una mano mientras con la otra intenta aventar el vaho de la muerte amontonada y comprueba que esa mano tenga el meñique roto. ¿Es ese? No, no es. ¿Tiene la cicatriz de la espalda o no? Sí, este tiene una marca. Así renacen algunos nombres para la muerte guayaquileña.

***

Ana me encanta también en la pantalla del celular, pero me inquieta no escuchar sus frases completas. La conexión falla. La suya o la mía, no lo sé. Pienso en que su rostro parece una pintura al óleo con la luz de la lámpara de su habitación y capturo imágenes sin hacérselo notar mientras ella me pone al tanto de su día de encierro. Cuando nos despedimos, reviso el carrete de fotos y comprendo que la pintura era solo mi idea. 

Twitter es una funeraria llena de desesperados. 

Es medianoche y debo dormir. 

Duermo.

Despierto.

Duermo.

China, España, Italia. El mundo está más cerca de lo que creímos.

(*) Este texto forma parte del libro Tiempo suspensivo. Diarios de la pandemia alrededor del mundo, elaborado por Revista Late y publicado por Ediciones Proceso en enero de 2021.

Publicado por adrianaesthela

Aprendiz de acordeón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: