RELATOS VIRALES

Historias de una pandemia

            “Me pongo en las manos de Dios… no iré al hospital”

ADRIANA BANCALARI, ACUARELA “ANTES DE LA NOCHE” – ARGENTINA

Por Esther Baradón Capón*

Le marqué varias veces y no contestaba. Seguí insistiendo porque me urgía su ayuda.  Renata es asistente de varias agentes de ventas de la empresa en la que trabajo. Yo casi no requiero de su ayuda porque me gusta hacer el trabajo por mí misma, pero me había quedado sin internet.

Volví a insistir y por fin respondió. Se disculpó y me dijo que su hermano se había contagiado de covid y requería de oxígeno y que en ese momento estaba dirigiéndose a abastecerse con tres tanques para llevárselos, pero que en cuanto llegara a su casa me marcaría.

Me disculpé por molestarla en tales circunstancias y le dije que yo vería la manera de solucionar elproblema, pero insistió en marcarme.

Yo sabía que los tanques de oxígeno estaban escaseando en Ciudad de México y al enterarme de que llevaba tres tanques me pareció un abuso, pero me detuve a pensar que en tales circunstancias no debería yo hacer juicios precipitados.

Renata finalmente se reportó y después de que yo le indiqué los asuntos de trabajo, me comentó que se había formado por más de media hora, y que estando muy angustiada porque a su hermano ya se le estaba terminando el oxígeno.

Fue así como tuve conocimiento de que, por su reducido tamaño, el oxígeno de los tanques solo dura una hora. Me sentí infame por haberla juzgado.

A modo de desahogo, Renata me contó que seguramente Ismael, su hermano, se había contagiado porque era chofer de un microbús y que a veces hacía hasta dos turnos. La verdad es que no pude resistirme y le pregunté: “¿Por qué no lo llevan a un hospital…?”. Me respondió con un dejo de desaprobación que su hermano y su cuñada se habían convertido al cristianismo. No entendí la referencia.

Siguió contando que su hija Celeste, que es muy avispada, había hablado a la línea de emergencia para covid y consiguió un número de folio para enviarle a su tío una ambulancia que lo llevaría al Velódromo, un lugar conocido porque ahí se realiza la Fórmula Uno pero acondicionado ahora con camas y respiradores para tratar a pacientes víctimas de la pandemia.La madre de ambos vive en casa de Renata y la señora estaba sufriendo mucho por lo que le estaba sucediendo a su hijo y más aún porque, por obvias razones, no podían estar a su lado.

El contacto con Ismael y su esposa era por videollamada y en cada una le rogaban que aceptara ir al hospital, pero tanto él como su esposa se negaron. Su argumento era que se habían puesto en manos del Señor y que aceptarían Su Voluntad.

La madre les rogó hasta el cansancio, pero sin poder convencerlos. Renata estaba tan preocupada por su madre como por su hermano.

Así transcurrieron los días llenos de angustia, con filas interminables para llenar los tanques de oxígeno, videollamadas, más ruegos y consultas al médico, quien realmente no podía hacer mucho más ante la decisión del paciente.

Ismael ya casi no contestaba el celular y sus seres queridos sufrían por su decisión de no internarse. Su esposa les pidió que por favor ya no lo presionaran, porque él no iba a cambiar de opinión.

Con los días la voz de Ismael se fue apagando, apagando, apagando…

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura.

Twitter: @BaradonEsther / Facebook: Esther Baradon

Carlos y Diego

Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: ¡vive, vive, vive! Era la muerte…

                                                                                       Jaime Sabines

Por Iván Uranga*

Llevan todo el día aguardando este momento, que no por repetirse día tras día deja de ser crucial para ambos. La ansiedad se siente en el aire, a todos nos ha ocurrido en ocasiones esa impaciencia: pueden ser unos cuantos minutos haciendo fila en el banco o esperando que nos contesten ese mensaje preciso en el correo electrónico o en el teléfono o a través de alguna de las redes sociales, segundos que pueden parecer interminables. Esa sensación es en este instante toda de ellos. Conforme pasan los años, los días se alargan y las horas transcurren a paso lento. Así son para este hombre de 80 años cuyo rostro está poblado de bellos surcos que acentúan cada una de sus expresiones. Aunque su carácter es tímido y reservado, su universo interior es rico y generoso. La gente lo aprecia y sus vecinos lo saludan; más que por costumbre por afecto del bueno, de ese que requiere tiempo para fraguar y tornarse sustancial y consistente.

Así es don Carlos y su digna humanidad otoñal y parsimoniosa, no obstante los ínfimos recursos económicos con los que subsiste. Diego, su compañero, tiene en cambio todo el vigor al andar y en la mirada la chispa que da la juventud. Bullicioso e imprudente, aunque medido en sus ladridos según sea la ocasión, en los días de intenso calor se impacienta y se pone a dar vueltas en la habitación como un disco de vinilo al que le han adelantado las revoluciones, hasta que logra captar la atención de su amigo que con voz serena le habla y logra calmar sus ánimos: “Diego, Diego, ¿qué te pasa, Diego?”.

En esta temporada los días son frescos y nada de eso ocurre. Si en este momento los dos respiran agitados, es porque han visto desde su ventana abrirse la puerta del vecino y asomarse la llanta de la bicicleta, al tiempo que se escucha el primer grito de la tarde que le da sentido a sus vidas y que anuncia la llegada de otro camarada, el señor que vende el pan, quien inevitablemente hará una parada justo en la puerta de su vieja casa. Todo el día disfrutan los aromas que emanan del viejo horno de la panadería, ubicada no lejos de ahí, los cuales inundan el ambiente de mágicos olores y recrean su imaginación. Carlos lleva una vida percibiendo los mismos aromas, por lo que su maestría olfativa le permite distinguir qué pan es el que está detrás de la puerta del horno. Desde muy temprano narra a su compañero Diego lo que él imagina va sucediendo dentro del fogón, y sus actividades se rigen por el horario del pan. Por eso ya saben que a la hora de hornear los bolillos deben salir a dar su paseo matutino y regresar antes de que comiencen a hornear las conchas, porque les gusta mucho el ambiente festivo de su peculiar olor en plena cocción: “Es como si cantaran para nosotros”, le dice Carlos a Diego mientras comienzan a alistarse para su llegada. Lo esperan con la misma inquietud de un niño el 5 de enero que se va a la cama antes deseando que amanezca más temprano de lo habitual para levantarse y ver si los Reyes Mayos le han dejado algún juguete junto a su zapato. Sin embargo, el genuino entusiasmo cotidiano no hace que ni don Carlos ni Diego olviden los buenos modales. Así que lo primero que hacen al asomar su existencia a la calle es saludar al bienvenido, ofreciéndole una sonrisa que engrandece el encuentro. Y aunque siempre le compre una concha para él y un bolillopara Diego, don Carlos no omite el ritual de preguntar a Rafa el pandero el nombre de cada pan y por qué se llaman así. Al principio a Rafa le molestaba tanta insistencia y hasta tuvo que investigar por qué se llaman así los panes que su familia fabrica desde hace más de un siglo, pero después le resultó fascinante descubrir todo lo que no sabía de la bendita harina y comenzó a ofrecer ese plus  a sus clientes. Cuando le pedían algún pan les hacía una breve reseña, lo que lo convirtió en el pandero preferido de la zona. Así, con repostera sapiencia Rafa les platica a sus clientes:

“Las Conchas son las reinas de la panadería y en su fabricación se incluyen tres sabores: chocolate, vainilla y fresa. Su forma redondita y un delicioso y dulce glaseado la hacen única. Se llama así por su semejanza con una concha de mar y porque con la misma masa, la concha sufre una metamorfosis que deriva en varios panes que ahora son tradicionales como el Tapado, la Novia, la Tortuga, la Lima, las Cazuelas, las Costras, las Calabazas y otros tantos que están casi extintos, como las Nubes y los Milagros”.

Cuando se trata de Orejas, Rafa explica al desprevenido cliente: “Son realizadas a partir de una pasta de hojaldre dulce, el cual es un antiguo ingrediente griego que llegó a México de la mano de la invasión española. Con los años, lo hicieron más rico agregándole mantequilla y espolvoreándole azúcar que al entrar al horno se tuesta y maximiza el sabor de este pan de textura crujiente, que también tiene versiones con cubierta de chocolate y chochitos”.

A quienes prefieren los Polvorones, él les dice: “Existen en versiones de chocolate, vainilla y fresa, algunas veces tienen en el centro un poco de jalea, de piña o de fresa, pero también se pueden encontrar disponibles en todos los sabores. Aunque los tradicionales son los que tienen sabor a naranja y están espolvoreados de azúcar”.

Rafa es incansable cuando se trata de alabar sus panes, que pareciera se multiplican con cada narración.

“Los Panquecitos o Chinos, siempre esponjaditos y con sabor a naranja están entre los favoritos de chicos y grandes. Se pueden encontrar cubiertos de chocolate o bien con chispitas o trocitos de nuez, y al igual que los bísquets fueron introducidos en nuestro paladar gracias a los famosos ‘café de chinos’.

“Las Campechanas fueron creadas en el estado de Campeche y su principal cualidad es que están realizadas con varias capas de hojaldre, lo que les permite estar infladas y huecas en el centro. Tienen una cobertura de azúcar que durante su cocción se carameliza, lo que las hace especialmente deliciosas.

“Las Donas tienen un sabor original a comparación de las rosquillas, ya que en la masa se incluye un poco de canela, lo que les da un toque muy tradicional. Regularmente están bañadas de azúcar o de chocolate y son las preferidas para acompañar una buena taza de chocolate caliente.”

Agrega que con la misma masa ahora se hacen unas pequeñas bolitas, espolvoreadas con azúcar, y cuando sus clientes le compran una dona Rafa no pierde la oportunidad de bromear al decirles: “Llévenlas completa, aquí está el cachito que le falta al centro”.

Cuando se trata de Rebanada de Mantequilla, el experto molinero cuenta que desde que se tuvo acceso al pan y a la mantequilla en los hogares es común que en cada casa se prepare un rico bolillo cortado por la mitad untado con mantequilla y espolvoreado con azúcar. Por eso los panaderos diseñaron esa pieza de pan, que consta solamente de una rebanada de bizcocho al que se le unta un poco de mantequilla y se le espolvorea el azúcar. Nada más sencillo para deleitar el paladar siendo la favorita de los niños, lo cual resulta una ironía porque hasta el siglo XV se creía que los niños no debían comer mantequilla.

A veces pareciera que no le va a alcanzar el día a Rafa para seguir hablando de las virtudes de sus panes: “el Moño o Corbata está hecho a partir de la masa de danés y combina a la perfección con las capas de la pasta de hojaldre. Sin lugar a dudas es una de las piezas más populares. La receta original europea los rellena con mermelada, que complementaron cuando conocieron nuestro chocolate, pero en México acostumbramos comerlos con una ligera cubierta de azúcar”.

El penúltimo pan es el Bísquet, que, ahora lo sé, nació como parte de un experimento de las comunidades chinas que vivían en los estados fronterizos del país. Dice Rafa que “ellos tomaron la receta del soda biscuit norteamericano, pero le añadieron huevo y azúcar y ahora se pueden comer calientitos, solos o untados con mantequilla”.

“La última, pero no por eso menos sabrosa es la Piedra”, dice Rafa: “Es el pan con conciencia, ya que en él se reciclan los restos de las moronas de los panes en las charolas y los panes que no se vendieron. Todo mezclado con piloncillo entra al horno. Es una delicia por los sabores que le dan los otros panes, y por su acertada cubierta de chocolate”.

La narración de Rafa siempre se interrumpe porque él debe seguir vendiendo y es que las variedades de pan que existen en México –de las más diversas y surtidas del mundo­–, le alcanzarían al entusiasta panadero para hacer un libro de varios tomos.

Rafa les explica a don Carlos y a Diego que debe seguir con la venta del pan mientras esté calientito, pero que mañana los verá a la misma hora ya que son sus primeros clientes. Se despide mientras piensa que verlos juntos es como observar que de pronto la sabiduría se convierte en algo asible. Uno le ofrece al otro la seguridad de un modesto pero cálido hogar, y el perro le devuelve al hombre la alegría contagiosa de su presencia, en un acompañamiento mutuo como el mejor talismán ante los efectos de la vejez, la pobreza o el abandono.

Lo que a estos dos seres les sucede es lo mismo que nos pasa a todos: la vida. Pero la de ellos está asentada en el presente y no es de modo alguno digital, solo es vida, así, llana y está compuesta de placeres tan ordinarios como el que ahora saborean y disfrutan. Ninguno sabe de redes sociales o de cómo subir un video a YouTube. Sus conocimientos los extraen de lo cotidiano, de las despreocupadas reuniones de la tarde con los que viven cerca, de las breves y calladas pero siempre saludables caminatas por el barrio incluso a pesar de la pandemia. Lo suyo, lo realmente suyo es ver, escuchar, oler, probar y sentir. Los dos, don Carlos y Diego responden a los constantes estímulos del entorno, a lo asombroso e impredecible que pueda traer consigo cada amanecer y a lo mismo que apela el cineasta iraní Abbas Kiarostami en el film El sabor de las cerezas (1997). La gran diferencia con la película es que, gracias a Diego, don Carlos nunca ha sentido la necesidad de salir a buscar a alguien que se comprometa a enterrarlo. Don Carlos tiene lo que tantos buscan sin saber que les hace falta: un testigo de vida y su compañero.

Ahora, cuando el irreverente y descarado filósofo esloveno Slavoj Žižek señala que “vivimos un solipsismo colectivo: todos conectados pero todos aislados”, es bueno saber que muy probablemente en algún lugar del globo terráqueo viven otros invaluables personajes como don Carlos y su noble perro Diego, que encuentran en las cosas simples el mejor satori y que en medio de la marginalidad de una sociedad egocéntrica y capitalista se las han ingeniado para mantener imperturbable su pequeño paraíso de techos oxidados.

Ninguno de nosotros estamos preparados para enfrentar las trampas de un mundo que inicia el 2021 con más líneas de telefonía móvil que habitantes, pero en el que, por paradójico que resulte, cada persona desea ocupar tanto espacio que no deja un hueco libre para que entre alguien más y lo acompañe, se acompañen todos, porque nunca como ahora la humanidad tiene un solo propósito de Año Nuevo: sobrevivir.

Más de dos millones de personas no pudieron “saltar” el año, porque los humanos encontramos una nueva forma chiquita, invisible y brutal de morirnos solos.

Debo decir que la sonrisa de don Carlos ya no volvió a asomarse a su ventana y que Diego no regresó nunca del panteón, sigue ahí esperando que su amo vuelva, me cuenta Rafa, mientras le pido otra pieza de pan.

“Ya no hay más pan don, se me vendió todo”, me contesta y con un gesto tierno cargado de rabia y de tristeza se aleja observando la concha y el bolillo, desolados y solos al fondo de su canasta. 

(La vida es una construcción consciente)

*Pedagogo mexicano, campesino, antropólogo y filósofo, es además promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, columnista semanal en el portal de Julio Astillero y en The Guardian, y colaborador en el diario La Jornada, Global Voices, Global Noise y Vía 22, entre otros. @CompaRevolución

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