MIRADOR VIRAL

Adiós, año cruel

ADRIANA BANCALARI – “HACIA DÓNDE” – ACUARELA

Por Irene Selser*

A todas y todos los que se fueron sin poder despedirse

“He anotado este asunto tan detalladamente, porque tal vez mi historia pueda resultar útil a quienes vengan detrás de mí, si alguna vez se vieran sometidos a la misma angustia y a la misma opción; por esta razón deseo que esta narración sea, más que una historia de mis actos, una guía para los de aquellos a quienes muy poco puede importar lo que fue de mí.”          

Daniel Defoe, Diario del año de la peste                                                                   

Escribo estas líneas deseando que los festejos navideños pasen pronto. Este año he agradecido tanto a la vida por no estar muerta, tampoco mis familiares y amigos y colegas cercanos y lejanos, que ella sabe muy bien cuánto la valoro. Pero igual deseo que este año de la Rata de Metal, que por suerte ya agoniza, se acabe después de 12 meses terroríficos.

Fue a comienzos de marzo, mientras la OMS declaraba al Covid-19 como nueva pandemia mundial, cuando nos enteramos por una radio de Barcelona que la escritora y vidente estadounidense Sylvia Shoemaker, más conocida como Sylvia Browne (1936-2013) había advertido en su libro End of days (2008) sobre la aparición del nuevo virus: “Alrededor de 2020, una enfermedad grave similar a la neumonía se extenderá por todo el mundo, atacando a los pulmones y los bronquios y resistiendo todos los tratamientos conocidos”.

También la astróloga argentina Ludovica Squirru vaticinó no pocas dificultades para el Año de la Rata de Metal, con base en el Horóscopo chino que en su momento no leímos. Según ella, en 2020 “lo que fue ya no es ni será, y dependerá de nuestra adaptación al vertiginoso cambio climático, geopolítico y humano la forma cómo nos insertemos en este nuevo ciclo astral”.

Lejos estuvimos de imaginar los alcances de estas palabras ante un escenario que superó con creces el ingenio de Spielberg, por lo que ahora consultamos a Squirru y sus predicciones para el Año del Búfalo de Metal, a iniciarse el 12 de febrero y que al parecer será más promisorio. Y aunque 2021 no supondrá un cambio radical, sí se anticipa más ordenado y laborioso; siendo el noble búfalo –o buey– un sinónimo de disciplina, esfuerzo, trabajo y familia. De hecho, mi hermana Gabriela y mi hija mayor, Natalia Camila, son búfalo y doy fe de estas cualidades.

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Bill Gates fue otro que, en abril de 2017, pronosticó una debacle sanitaria global en puerta tras estudiar la epidemia del Ébola en África. El cofundador de Microsoft había advertido de la llegada de “la peor pandemia de la historia de la humanidad” si no se tomaban las medidas adecuadas, pero evidentemente nadie hizo caso al multimillonario filántropo en su advertencia de crear nuevas vacunas y fármacos, como él mismo lo recordó en 2020 tras la detección de los primeros casos en Wuhan.

Por cierto, un reconocido médico internista con estudios en epidemiología y guerra bacteriológica me compartió en estos días su hipótesis sobre el origen del Covid-19. Para él, sí es posible que haya salido del Instituto de Virología de Wuhan, pero: 1) si así fuera, se les “escapó” tras contagiar al nunca hallado “paciente cero”, ya que sería absurdo imaginar que un laboratorio suelte adrede un virus en el mismo lugar donde este es manipulado; y 2) un virus tarda “hasta seis fases” –que pueden durar de 2 a 3 años– en convertirse eventualmente en pandemia, por lo que posiblemente el nuevo coronavirus ya tenía tiempo incubándose, disfrazado de otros padecimientos como por ejemplo neumonía atípica no solo en China sino en otros países.

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Algo más sobre predicciones: si bien el Año de la Rata de Metal supuso “un curso acelerado de supervivencia” ya que, según Squirru, el despreciado roedor “lleva en su genética la forma de defenderse de los embates humanos”, el Buey de Metal nos traerá un tiempo de mayor conciencia laboral y ambiental, aunque el mundo será “más totalitario, con mayor control por parte de las autoridades de cada país” so pretexto de la pandemia algo de lo que ya han advertido en los medios distintos pensadores de Europa, Asia y América.

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Entré en cuarentena el 19 de marzo, el mismo día en que tenía previsto viajar a Nicaragua para visitar a mi familia. Al principio el encierro no me afectó tanto, porque el 27 octubre anterior me había fracturado la rodilla derecha al tropezar con una malnacida plancha de la compañía de luz (CFE) en la colonia Anzures, mientras revisaba mentalmente la lista de invitadas e invitados para mi siguiente Tertulia, el viernes 30, con colegas poetas y traductores, además de amigas y amigos del psicoanálisis, el teatro, la astrología y la música. Una velada cultural que había inaugurado dos meses atrás imitando los Martes de Tertulia de Mallarmé, aunque sin las consabidas “ruedas de humo” de su obstinado cigarrillo.

Jamás me había montado en una silla de ruedas ni quebrado ningún hueso en seis décadas, por lo que esa experiencia fue tan sorpresiva como ingrata; más aun tomando en cuenta mi conocida hiperactividad. Pero para el día 37 –3 de diciembre– ya estaba de nuevo en pie y sin la férula como me había prometido mi traumatólogo –“40 días y estás caminando, si haces caso y no apoyas la pierna”.

Ya en pandemia, y experta en “inmovilidad”, aguanté sin embargo escasas tres semanas recluida. Cuando salí de mi casa para caminar e intentar recuperar mi rutina de ejercicio a las 7 am, la Colonia del Valle parecía una tierra de nadie. Pero al menos ahí los vecinos respetaron el virus –excepto los “fuereños” del camión de la basura y los festivos albañiles de la obra de junto, más verborreicos que nunca como si desafiar al sentido común fuera un mérito del cual ufanarse–, y el paisaje se cubrió de mascarillas y de pájaros cantando de nuevo en las ramas de los árboles, sin la toxicidad auditiva de los cláxones ni el butano de los automóviles contaminando sus delicados pulmones.

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“¿Podría el Homo sapiens desaparecer? Sin duda, como ha sucedido con todas las demás especies. La cuestión es saber cuándo y cómo. Desde un punto de vista darwiniano, nuestra especie lo está haciendo bien, nunca había sido tan numerosa y diversificada. Es un activo considerable. Pero cualquiera que sea la magnitud de una crisis sanitaria o ambiental, si sucediera algo así, las poblaciones sobrevivirían.”

He aquí las palabras del paleoantropólogo francés Pascal Picq –el sombreado es nuestro– en el Prólogo a su libro Sapiens face à Sapiens (Sapiens frente a sapiens), publicado por la editorial Flammarion (París, 2019) y el cual tuve el placer de traducir, también este año, para Siglo XXI Editores. Un corte de caja sobre la espléndida y trágica historia de la humanidad, y la evolución cultural y tecnológica de los homínidos desde su aparición en África hace dos millones de años.

El eje de la obra de más de 300 pp. gira en torno de la pregunta “¿Quién será el último sapiens?”. Al respecto, el profesor e investigador Pascal Picq (1954), una de las grandes figuras de la paleoantropología mundial, reflexiona: “¿Podemos imaginarnos a todas las generaciones futuras unidas en un nuevo proyecto humanista universal como lo experimentamos a través del movimiento de la Ilustración, continuando nuestra evolución durante los milenios venideros, o veremos surgir una humanidad completamente diferente? (…) La revolución digital y los aparatos conectados modifican profundamente todos los aspectos de nuestras vidas. Estamos amenazados por lo que yo llamo el ‘síndrome del planeta de los simios’. Además de las amenazas actuales que estas novedades suponen para nuestras libertades individuales, fuerte es la tentación de caer en la facilidad y el confort, una servidumbre voluntaria y nociva que destruye todo lo que ha hecho la aventura del linaje humano desde hace dos millones de años: relaciones sociales, culturas, actividades física y sexual, movilidad…Sin embargo, entre una humanidad esclava de las tecnologías y una humanidad poshumana remodelada por las tecnologías, debe ser posible imaginar una humanidad mejorada, a favor de una nueva coevolución entre los humanos, la naturaleza y las máquinas”.

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La pandemia me dio otra satisfacción: regresar al periodismo en mi calidad de editora luego de haber sufrido junto a otros 350 colegas del diario Milenio un abrupto, bochornoso e injustificado despido –disfrazado de “renuncia masiva”– en agosto de 2018, después de haber dirigido desde julio de 2001 la sección Internacional y participado activamente en Milenio Televisión y Milenio Radio. 

Fue mi colega y amiga Alicia Quiñones, ex editora del suplemento cultural Laberinto, también de Milenio, quien me invitó en marzo pasado a sumarme como coordinadora editorial a su flamante blog Diarios de Covid-19 (www.diariodecovid19.com.mx), en WordPress, dedicado exclusivamente a la pandemia en México y el mundo, una idea que concibió con la también colega y amiga Adriana Esthela Flores. Hoy ya vamos por el número 35 con más de 40.000 lectores según el conteo diario de nuestro sitio web, y para bien o para mal todo sugiere que habrá revista digital para rato…. (De paso, los invito a leerlo y enviarnos sus colaboraciones a diariosdecovid@gmail.com).

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Una contribución adicional del encierro, aunque hubiera preferido no tener que llegar a estos extremos de fatalidad para poner a prueba mi capacidad de adaptación darwiniana: vencí mi rechazo a las publicaciones digitales y aprendí a manejar el programa de WordPress, que no es para nada sencillo según coinciden los colegas diseñadores que nos han apoyado en Diarios de Covid-19. Incluso pagué a WP un curso en línea, pero lo mejor fueron las clases presenciales a sana distancia en mi casa con Arturo Black Fonseca. Lamentablemente, el covid lo alcanzó en noviembre por lo que tuvimos que suspenderlas, aunque él superó la enfermedad sin mayores contratiempos.

Poco después, la pandemia alcanzaría también a Adriana Esthela, directora de los Diarios… así como a su pareja y nuestro editor de Arte, el fotógrafo Luis Barrón, por lo que el blog semanal se tomó un merecido descanso para reiniciar labores el 14 de diciembre, con nuevos bríos y en versión quincenal.

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La experiencia de participar en cursos, charlas, presentaciones de libros y sesiones de trabajo a través del bendito Zoom, la primera plataforma unificada de viodeocomunicación, también suavizó el aislamiento y nos enriqueció durante este caótico año que marcó a la humanidad con un antes y un después.

A propósito, es curioso: los sintagmas antes de Cristo y después de Cristo, abreviados como a.C y d.C para fechar los años y siglos anteriores o posteriores a la era cristiana, se escriben igual si lo aplicamos al covid: a.C, d.C…

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La pandemia azotó a medio mundo, de forma distinta. “Pasamos 12 años construyendo la compañía y perdimos casi todo en seis semanas”, dijo en abril el empresario y diseñador industrial neoyorquino Brian Chesky, cofundador de Airbnb, el exitoso servicio de alojamiento peer-to-peer al cual me integré en 2019 con curiosidad y temor para incursionar en otros giros. “Viajar como lo sabíamos se acabó. No significa que el turismo haya terminado, solo que como lo conocimos nunca volverá”, agregó entonces Chesky. Y aunque la empresa se ha ido recuperando más rápido de lo que se creía, el miedo a nuevos rebrotes llama a la prudencia.

Durante ocho meses, de julio de 2019 a abril de 2020 recibí en mi casa a casi medio centenar de huéspedes de distintas ciudades de México, así como de Estados Unidos, América Latina y Europa del Este y el Oeste, en una experiencia que jamás imaginé podía ser tan reconfortante y divertida, además de rentable.

En ese lapso no tuve problemas con ninguno de los visitantes –excepto con una amiga (desde entonces examiga, por aquello de que nunca debes mezclar afectos y negocios)–, por lo que muy pronto Airbnb me nombró “Super Host” como indica la estrella que colocaron en mi página llamada “Una habitación propia” en homenaje, por supuesto, a la gran Virginia Woolf. De ahí que entre las cosas que más ansío en este 2021–Cielo y covid mediante– es retomar mi oferta de hospedaje una vez que reciba la vacuna, preferiblemente la de AstraZeneca y la Universidad de Oxford que inoculan el “virus atenuado” en lugar de manipularlo genéticamente como la Pzifer y Moderna. También les pediré el certificado a mis huéspedes por aquello del cuidado mutuo.

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Termino el año lejos de mis amadas hijas Bárbara y Natalia Camila, pero en compañía de Gabriela y de mi querida sobrina Claudia Lucía en su casa de Managua, adonde finalmente pude viajar este 1 de diciembre con Avianca vía El Salvador luego de dos frustrantes intentos con Aeroméxico, que sigue mes a mes ofreciendo vuelos a Nicaragua que a última hora cancela después de cobrarlos con todo y “reajuste de precios”.

En las calles de esta capital centroamericana la curva de contagios se aplanó desde hace unos tres meses luego de sumar casi 12.000 casos y 2.900 muertos, según cifras de la red de médicos independientes y activistas sociales Observatorio Ciudadano; menos de 200 fallecidos según el gobierno. Así, la mitad de la gente utiliza mascarillas y la otra no, por lo que la pandemia seguramente se va a recrudecer a partir de enero. No obstante, existen algunos factores citados por galenos y epidemiólogos que explicarían la menor incidencia del Covid-19 en Nicaragua respecto de otros países de la región, a saber: de los 6.5 millones de habitantes un 46% vive en el campo, lo que impide las grandes aglomeraciones urbanas; un 56% tiene menos de 15 años, lo que limita el impacto de la pandemia en personas de la tercera edad, y desde el terremoto de 1972, que destruyó la mitad de Managua, las edificaciones son en su mayoría bajas, además de que se mantienen aireadas a causa del clima tropical.

Como sea, la consigna es no bajar la guardia aunque millares de personas en México, Brasil, Estados Unidos o Europa siguen dando muestras de un desprecio militante hacia la vida propia y ajena, siguiendo el ejemplo de los gobernantes que han hecho del rechazo al barbijo un asunto de virilidad. 

Así, la vana rebeldía y la más estúpida negligencia teñida de machismo aparecen hoy como el denominador común de Occidente, para mí la revelación más dramática y deprimente de esta pandemia, que sido capaz de borrar diferencias entre los eficientísimos alemanes, los altivos franceses, los sabihondos españoles y los alguna vez míticos argentinos con los temerarios albañiles de mi cuadra. (Si alguien tiene una explicación mejor a esta teoría, soy toda oídos.)

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¿Qué aprendí con la implacable Rata de Metal? A amar y valorar aún más a mi familia y a mi imprescindible entorno de amigas, amigos y colegas, y a agradecer a la vida por haber sido tan gentil conmigo pese a graves dolores e irreparables pérdidas; a ser un poquito budista prescindiendo de planes y concentrarme en el “día a día”; a meditar cada mañana para alejar los malos pensamientos oxigenando el alma –al respecto, les recomiendo el canal de Youtube de la yogui rusa-chilena Elena Malova, la única que no penaliza a la mente por seguir “pensando” mientras uno trata de concentrarse en la respiración– y a ser implacable con lo que no estoy de acuerdo, en primer lugar con quienes proclaman que “el covid no es existe” o que “en las vacunas nos van a inocular microchips 5G”. No hay tiempo para perder en estupideces…

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Termino el año leyendo a Leonardo Padura, otro placer en medio del derrumbe. Se trata de su última y abultada novela, Como polvo en el viento, que compré nomás llegar a Managua en la librería Hispamer. Me espera su ensayo Agua por todas partes (Tusquets, 2019), flamante regalo de mi hermana esta Navidad.

Del multipremiado habanero de Mantilla atesoro la gracia y fluidez de su escritura tan insular como universal, lo que lo convierte sin duda en el mejor novelista cubano de la actualidad; aferrado desde hace mucho a su decisión de no abandonar la isla pese a sus críticas al régimen y las secuelas de corrupción, oportunismo político, arribismo y represión cultural. Una posición compartida por el disidente Movimiento San Isidro (MSI), compuesto por centenares de artistas e intelectuales igualmente decididos a permanecer en Cuba porque “el país es de todos” –como reivindica el propio Padura al defender con humor su derecho a no irse porque “yo llegué primero”, en alusión a su nacimiento en 1955, cuatro años antes de la segunda revolución de América.

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El MSI comenzó a gestarse a fines de 2018 como respuesta a la entrada en vigor del Decreto 349, el cual busca regular las actividades artísticas y culturales. En resumen, la ley –que ha generado un amplio rechazo entre creadores e intelectuales como no se veía en la isla desde los años 70– exige la “aprobación” de las autoridades para que los artistas puedan presentar su trabajo al público y crea la figura del “inspector”, el cual podrá cerrar una exposición o terminar un concierto si determina que estos no están acorde con “la política cultural de la revolución”.

En MSI debe su nombre al barrio San Isidro, en el suroeste de la Habana Vieja, en una de cuyas casonas esquineras se reúnen sus miembros, primero una veintena y ahora más de 200 entre artistas, cineastas, editores, galeristas, críticos de arte, intelectuales, académicos, músicos y jóvenes estudiantes. También hay raperos y blogueros como Denis Solís, cuyo arbitrario encarcelamiento llevó en noviembre a una huelga de hambre de miembros del MSI y su exigencia de “respeto al disenso y a los derechos humanos y ciudadanos”, la cual fue reprimida por la policía que ocupó la sede del MSI donde los huelguistas protestaban aduciendo que había “riesgos de covid”. Y aunque en Twitter el presidente Miguel Díaz-Canel ha tildado las protestas de “injerencia” y “show mediático” y el Granma de “provocación desde Miami”, advirtiendo el primero que “se dará el combate” luego de que se truncara un incipiente diálogo con el Ministerio de Cultura, son reconocidas las figuras que respaldan los  reclamos ante “la persecución y la represión contra el arte independiente”. Entre ellos el artista de performance Luis Manuel Otero Alcántara, la curadora, crítica de arte y activista Yanelys Núñez Leyva, el poeta Amaury Pacheco y su esposa, la actriz Iris Ruiz, así como los cineastas Miguel Coyula y Fernando Pérez, los actores Jorge Perugorría y Mario Guerra, y el Premio Nacional de Artes Plásticas, Lázaro Saavedra.

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También Silvio Rodríguez, alguna vez vocero de nuestros sueños traicionados y fusilados como lo fue el unicornio azul, pareció respaldar al MSI al lamentar la ruptura del diálogo por parte del gobierno, aunque sus vagas declaraciones merecieron el rechazo de quienes reclaman con todas las letras “el uso democrático de los espacios públicos” y no temen denunciar “los arrestos arbitrarios, las causas creadas a conveniencia y capricho desde el poder”, junto a la exigencia de “una Cuba diferente, donde todos tengan la misma posibilidad de participar en el rumbo que tome el país”.

Lástima por Silvio…

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Vuelvo a Padura y a su alusión en Como polvo en el viento a una de las obras más emblemáticas del siglo XX, 1984, de George Orwell publicado en 1949. Quería releerlo en estos días a propósito de las predicciones de Ludovica sobre la reinvención totalitaria, y me dio gusto encontrarme con sus reflexiones que comparto plenamente.

(En momentos en que escribo estas líneas leo en Infobae que la abogada y bloguera china de 37 años, Zhang Zhan, arrestada en mayo y en huelga de hambre desde junio, alimentada a la fuerza por intubación, podría ser condenada a cinco años de prisión por divulgar reportajes en redes sociales sobre la caótica situación que atravesaban los hospitales de Wuhan a raíz del Covid-19. Otros tres “periodistas ciudadanos”, como ellos se denominaban, Chen Qiushi, Fang Bin y Li Zehua, también fueron arrestados tras haber cubierto la pandemia en medio de numerosos arrestos de reporteros y activistas a lo largo de 2020 denunciados por diplomáticos y por la organización Human Rights Watch.)

Clara, una de las protagonistas de Padura, se pregunta a la vuelta de 30 años después de haber leído 1984 “en el manso invierno cubano de 1981”, “qué era mejor: ¿saber o no saber? ¿Vivir en la oscuridad o descubrir que existen no solo las sombras, sino también la luz (o viceversa)? ¿Creer sin dudar o dudar y luego perder la fe, o mantener la fe y seguir creyendo a pesar de las dudas?”.

Pero Padura no comparte el desasosiego de su personaje y no duda en lamentar en una entrevista el papel que le ha tocado a su generación, la cual, dice, nunca tuvo la posibilidad de decidir libremente cuál iba a ser su destino, sino que “fue utilizada sucesivamente por distintas instancias de poder para hacer lo que ellos consideraban era lo mejor para el país y lo mejor para nosotros, sin preguntarle nunca ni al país ni a nosotros si realmente eso nos parecía lo mejor”.  

Dust in the wind / All we are is dust in the wind…

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Pero no solo de polvo estamos hechos, como reza el epígrafe de Padura al citar la letra de Kerry Livgren que da título a su novela, sino también de palabras. De ahí la invitación de Edita-Express, el emprendimiento en línea que desde hace un año desarrollamos con mi hermana Gabriela, para que en este 2021, además de cuidarse mucho, sigan escribiendo –o lo hagan por primera vez– novelas, cuentos, poesía, libros infantiles o de desarrollo personal, crónicas periodísticas, ensayos, tesis e investigaciones, que con mucho gusto “nosotras los puliremos como diamantes”.

¡Feliz Año del Buey de Metal! ¡Que llegue cargado de buena salud, amor y libertad!

*Periodista y escritora, miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (Ametli). Coordinadora editorial de Diarios de Covid-19.

Email: iselser@yahoo.com, diariosdecovid@gmail.com  FB: Irene Selser

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