“Hola: dimos positivo a Covid”

Por Adriana Esthela Flores*
Fotos: Luis Barrón

Mediados de noviembre. Planes para las fiestas de Navidad, el cierre de año y el 2021. Pensé que Luis, mi pareja, y yo saldríamos invictos del Covid-19 hasta que él empezó a sentir un dolor de cabeza que se fue agravando hasta llegar a su garganta. Había que confinarse mientras llegaba el diagnóstico y finalmente me lo anunció una noche, cuando yo estaba trabajando en casa. “Di positivo” me dijo, tranquilo. Durante varios minutos intenté mostrarle un gesto de calma, ese de la no alteración, del todo va a estar bien, no te preocupes, el bicho nos hará los mandados, cuestión de cuidados… Apenas dio la vuelta me eché a llorar tratando de no hacer ruido. ¿Y ahora qué?

Cubrí tantas historias y conferencias sobre los efectos económicos, sociales y de salud que dejará la pandemia y, de pronto, todo el conocimiento se esfumaba frente a una sola interrogante: ¿Y ahora qué? Entonces, iniciaron los primeros pasos del proceso de cuidado para que Luis lograra derrotar al coronavirus al que, en muchas coberturas periodísticas -marchas, protestas, concentraciones, conferencias- estuvimos expuestos, pero no había entrado a nuestro techo.

Agendamos la cita para su prueba y nos preparamos para el confinamiento junto a nuestro inseparable compañero, el pequeño Simba. Yo no tenía síntomas, así que salí por despensa adicional para varios días, analgésicos y vitaminas. Después, habilitamos el espacio para su descanso, con sus respectivos artículos de limpieza y lo que fuera a necesitar durante el tratamiento. Decirlo así es muy frío, es muy difícil separarte de tu pareja, no dormir a su lado ni poder abrazarlo, llevarle la comida para que la consuma solo, evitar la cercanía; y supongo que en algún momento, el contacto fue inevitable. A los pocos días, el bicho me llegó por el olfato.  Sentí como una inhalación repentina de una onda muy fría y al momento siguiente, ya no me llegaba ningún aroma.

El siguiente asalto fue al gusto. Esa especie de onda fría subió por el paladar y se quedó ahí, como una capa de menta que rozaba la garganta. El sabor de la comida desapareció. Cualquier alimento sabía a lo mismo, a nada. El tercer ataque fue a mi voz, que se fue apagando a medida que aumentaba la pesadez en el pecho a la hora de respirar; una mañana, hablaba tan quedito que parecía estar susurrando. Después, el bicho volvió el cuerpo más pesado que nunca, tanto que solo mirar una pantalla de computadora me provocaba un dolor de cabeza insoportable. La doctora Paty, quien nos atendió a distancia, aumentó su dosis de analgésicos, que se sumaron a todo un cóctel de medicamentos necesarios para combatir el virus.

Luis apenas se estaba estabilizando, yo iniciaba mis peores días. Con el nivel de saturación de oxígeno en 87, supuse que era cuestión de tiempo el ir a parar a un hospital, pero traté de que este pensamiento no me invadiera. No, eso no iba a pasar, aunque el miedo volvió varias veces.

Luego, el bicho llegó al corazón y a la mente. Lloraba muy seguido y permanecía despierta hasta la madrugada; tenía bruscos cambios de humor que iban desde la tristeza hasta la desesperación y la impotencia. En esta fase, fueron fundamentales las amistades, colegas, familiares y jefas que estuvieron preguntando cómo estábamos, nos echaron porras, nos llamaron, el querido colega que nos llevó el oxímetro y alimentos, nos pasaron los contactos de médicas y médicos o nos compartieron las más generosas recomendaciones de salud fuera de protocolo (“haz gárgaras con vinagre en la mañana y en la noche; báñate con tal o cual cosa; toma tés de canela, guayaba, jengibre, manzana, naranja; no comas nada condimentado; en un vaso con agua tibia coloque sal de grano o de mesa y dos cucharadas de vinagre y que lo revuelvas para que te limpie la garganta o exprimir jugo de limón y haga gárgaras”). Este apoyo -por el que estoy agradecida hasta el infinito- estos apapachos (“amapuches”, como me lo recordó mi querida hermana venezolana Carels Tovar) son básicos para sobrellevar la enfermedad. La medicina para el Covid-19 puede tener la forma de un emoji gracioso que alguien te envía por WatsApp. Y también puede caminar en cuatro patas, ladrar y acompañar, paciente, como guardián de los desvelos y angustias.

Podría extenderme más, pero dejo el texto aquí. Al momento en que, por fin, logro escribirlo se cumple un mes de que el Covid-19 irrumpió en los tejidos de Luis. En estos días, una segunda prueba confirmó que el virus ya nos abandonó, pero aún debemos cuidarnos, avanzar con más calma tratando de no sofocarnos ni de presionar más al cuerpo que, en un mes de confinamiento, se deja escuchar y sentir con toda su fuerza, te dice qué necesita, qué le hace daño, hasta dónde puedes caminar y hasta las cargas que hacen menguar la respiración. A final de cuentas, somos de los más de un millón 200 mil casos confirmados desde que inició la pandemia en México y aquí seguimos, con una mayor -y acaso, por ello, más grave- conciencia sobre el privilegio de vivir.

*Directora de Diarios de Covid-19, reportera, cronista y poeta originaria de Monterrey, Nuevo León. Email: adriana.esthela@gmail.com / Twitter: @adrianaesthela

Publicado por adrianaesthela

Aprendiz de acordeón

4 comentarios sobre ““Hola: dimos positivo a Covid”

      1. Adri y Luis, un gran abrazo juntos lo lograron, no cabe duda que amar y entender nuestro cuerpo es fundamental y la vitamina de cariño, amor de todo ser vivo ayuda. Va un fuerte abrazo para ustedes.

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