RELATOS VIRALES

Historias de una pandemia

Vecinos en pandemia/ 2

FOTO: GUSTAVO FRING – PEXELS.COM

Por Esther Baradón Capón*

Trabajé sin parar durante 34 años en una oficina a la que iba de lunes a viernes, regresando a casa entre seis y media o siete, los domingos al deportivo y los sábados a desayunar y estar medio día con mi hija. Pasaba tanto tiempo fuera de casa que la llegué a sentir como un hotel.

De pronto un día se empezó a escuchar algo sobre una pandemia. En la oficina de lo único que se hablaba era de eso, que si era un invento, que si los chinos, que si los gringos, que si va a llegar a México. Llegó la cuarentena y nos encerró a todos en casa.

Como pueden imaginar me costaba mucho trabajo dejar de ir a la oficina después de todo ese tiempo y la costumbre, por lo que dejé de hacerlo hasta que mis compañeros empezaron a recordarme de manera insistente que yo era una persona en condición de riesgo.

Al principio fue muy difícil estar todo el día en casa y además de que el trabajo se había reducido casi a cero, como nos pasó a muchos. No sabía qué hacer con el tiempo libre y entonces tuve que reinventarme. Empecé a crear una rutina: yoga al despertar, leer, meditar, cocinar, limpiar la casa; series de Netflix, películas, videos y hasta me volví adicta a Twitter.

Después de dos meses ya tenía toda una rutina a seguir y también empezó a regresar el trabajo; mi realidad cambió y creo que llegado el momento, no quisiera volver a la oficina, porque estando en casa me siento libre. En primer lugar porque estoy lejos del ojo del otro, puedo vestirme como quiera o no vestirme, bañarme a la hora que yo quiera o hasta no bañarme.

Pero esa realidad incluye otra realidad: los vecinos. Algunos buenos y otros para qué les cuento.

Empezaré por la pareja que jamás ha estado en cuarentena y nunca se les ha visto con un cubrebocas, ni para recibir el súper o una pizza. Los llamo “los extraterrestres”.

Con esos vecinos empezó a trabajar Vicky un poco antes de que se desatara la pandemia. Se nota que es una chica de barrio bravo. Su trabajo consistía en limpiar el departamento y sacar a pasear a los perritos. Como se enfermó la señora que solía limpiar el edificio, la contrataron a ella. Un poco después fue llamada para limpiar otros dos departamentos. Ya se sentía la dueña del edificio…

Era imposible no encontrársela en los pasillos, en las escaleras, en la entrada principal . Ya hasta se sabía la vida de todos, incluso la mía y al igual que sus primeros patrones tampoco nunca se ha puesto un cubrebocas, por lo que varias veces llegué a preguntarle por qué no se protegía. Su respuesta fue que ella “no creía” en el virus y menos aun que fuera tan contagioso. Que todo era “puro cuento”.

Llegó a cansarme tanto el verla en los espacios comunes sin cubrirse, que decidí ir a hablar con los administradores de turno. La administración del edificio se va rotando entre los vecinos cada seis meses. Al escuchar mi queja, la administradora dibujó una mueca de enfado, por lo que no quise insistir.

En una ocasión en que yo regresaba de tirar la basura, de pronto vi una cascada de agua cayendo de los pisos de arriba que estuvo a punto de empaparme, formando un charco en la puerta de mi departamento. Como ya la tenía entre ceja y ceja por su altanería, le reclamé furiosa a Vicky y ella se me puso al brinco muy gritona: “Usted a mí no me grita”. Yo le contesté: “Creo que se te olvida que eres una empleada y que yo también pago el mantenimiento”.

Al parecer lo de “empleada” la enojó bastante, como si fuera un insulto y siguió gritoneándome. Terminamos enfrascadas en una acalorada discusión sin escucharnos, cuando de pronto dijo: “Si no fuera porque usted es una persona mayor, ya le hubiera partido su madre”.

Fue tanta mi indignación por su insolencia que subí a tocarle a la administradora. Abrió la puerta su hija indicándome que su papá estaba recluido en cuarentena y no logré reaccionar. Era tanta mi furia que de igual manera le dije que la empleada me había amenazado con golpearme.

De pronto detrás de la hija salió la mamá vestida completamente de negro, con una falda larga y un velo negro cubriendo su rostro como si emulara a una Catrina, y volvió a gritarme: “Ya me tiene usted hasta la madre de tanta queja”, luego de lo cual azotó la puerta en mis narices.

Me quedé inmóvil. Me di la vuelta para regresar a casa. Al llegar me desplomé en el sofá y haciendo un recuento de todo lo que había sucedido en los últimos días, pensé que al menos Vicky debió percatarse de que el virus sí existe, que enferma a las personas, las recluye en cuarentena y hasta… las puede matar.

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura.

TW: @BaradonEsther FB: Esther Baradon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: