Caminé con Dios en la última noche del mundo

No alcanzar boletos para un concierto del mejor grupo de pos-rock puede marcar el destino de una noche o tal vez, incluso, de una vida que suma oscuridad a la soledad

Por: Eufonía tardía (Seudónimo de autora)

Imagen de Daniel Nebreda en Pixaba

Un día de octubre me enteré que Dios* vive en la Periferia, en el último andador de un fraccionamiento más allá de Ciudad Azteca. Ese lugar tan oscuro y lleno de caos urbano, que se abate entre la desigualdad y la violencia.

Fuimos a su casa un viernes. Había pasado un mes desde que Dios y yo habíamos caminado por la Ciudad sin descanso, frustrados por no haber alcanzado boletos para ver a Austin TV en el Multiforo Alicia, la que sería mi primera noche en aquel mítico lugar del que había leído tanto y que tanta expectativa me causaba.

La noche se trastornó como sólo puede ser la última noche del mundo. Después de horas en una fila, que nunca avanzó, alguien gritó: “¡Hasta aquí entran!”. Nos sentimos tristes porque habíamos esperado, sin mucha consistencia, casi tres horas entre la emoción, la ira y la locura.

Lo único que nos unía a Dios y a mí aquella noche había sido la posibilidad de escuchar en vivo aquellas dosis de lo que a alguien leí decir era post-rock y que yo creí. Era nuestra última noche en el mundo. Después no volvimos a hablar así.

En realidad, a mí lo que más me atraía eran los sampleos de algunas películas que reconocía: “Veneno para las hadas”, que tantas tardes habían visto con mi abuela. Y que aún es de mis favoritas. Era como ver TheDreamers”de Bernardo Bertolucci, transformada en canciones. Y así vivimos aquella noche

As we walked, we talked and talked and talked about politics, about movies, and about why the French could never come close to producing a good rock band…

No era mayo de 1968. Y ni Dios ni yo éramos siameses envueltos en un juego sexual ni en una revuelta en busca de libertad en París. Aunque sí lo hicimos. Hicimos que la ciudad fuera nuestra en solo una noche. La caminamos y nos adueñamos de ella, a pesar de saber que nos habíamos perdido de aquellas guitarras a veces desenfrenadas y a veces suspendidas en el espacio.

Caminamos por Avenida Cuauhtémoc sin rumbo definido. Cuando cruzamos Insurgentes él mencionó “Ella no me conoce”, me preguntó cómo habría sido verla en vivo. Supongo que como está noche, respondí. Nunca supimos por qué Austin TV dio su último concierto en noviembre de 2013. Y Dios y yo nunca nos volvimos a ver. Sólo en aquella fiesta un mes después de aquella caminata, que también había sido nuestra última noche en el mundo. Instrumental y sólo con las palabras precisas.

¿No te gusta la música?

Sí, mucho.

Lo digo porque quitaste el disco.

Lo hice sin pensar. Si quieres lo pongo…

*Dios se llama en realidad Deusdedit. Era becario en Grita Radio.

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