Nuevo orden campo-ciudad ante el coronavirus

Por Linda Milena Torres S.*

Muchos han sido los efectos negativos que ha traído consigo la pandemia al nivel mundial. La crisis ha puesto en evidencia las grandes debilidades de un sistema social, económico y cultural lo que se ha visto reflejado en una evidente deterioro y afectación a la salud pública. No obstante, un aspecto que vale la pena resaltar hace referencia a que las problemáticas que vemos hoy en día reflejadas son la sumatoria de un sinnúmero de aspectos que desde ya hace muchos años se venían consolidando en especial en las grandes ciudades, donde el impacto por el Covid-19 ha sido mayor.

En este sentido, es importante hacer un breve recuento histórico de la finalidad de la creación de las ciudades, a partir del reconocimiento de que éstas se originaron para dar seguridad a sus pobladores, resolver los temas del comercio gracias a los procesos de intercambio y, por último, para atender y resolver las nuevas dinámicas de trabajo. Este proceso comienza a consolidarse a partir de la revolución industrial. Sin embargo, el objetivo para el cual fueron concebidas las ciudades se ha ido perdiendo al punto de evidenciar un proceso de acumulación de la población; tendencia que ido aumentando exponencialmente en los últimos años, y que, en el caso de América Latina se refleja en un crecimiento cercano al 80 % de la población urbana. Esto implica, por lo tanto, un crecimiento de las concentraciones de infraestructura, servicios públicos, edificaciones
residenciales, etc., lo que a su vez ha alimentado la consolidación de un sistema perverso de segregación social, espacial y económico por lo que la finalidad por la cual fueron creadas las ciudades está completamente tergiversada.

En este orden de ideas, y a partir del surgimiento de una pandemia que mantiene aislada a la población mundial, muchos expertos consideran que el Covid-19 podría llegar a ser una gran oportunidad para reconstruir ciudades y territorios más resilientes, responsables y equilibrados; teniendo en cuenta que si bien lo único claro en estos momentos es que la vida no volverá a ser como antes de diciembre de 2019, cuando surgió el virus, la humanidad así como las ciudades deben repensarse y adaptarse a los innumerables retos a los que la pandemia nos ha expuesto.

En Villa de Leyva, Boyacá, la pandemia afecta a un pueblo que vive del turismo. FOTO: Linda Milena Torres S.

Así pues, y a medida que pasan los meses de aislamiento, un aspecto que se ha empezado a vislumbrar de forma contundente es el relacionamiento de la población con la ciudad, así como su distribución y su forma de movilidad. Esto, sin lugar a dudas, puede convertirse en una gran oportunidad para repensar el ordenamiento territorial y el urbanismo, el cual deberá dar respuesta al nuevo estilo de vida de la población, donde el aislamiento social ha sido la forma más efectiva de evitar la propagación de los contagios.

Es así que uno de los efectos previsibles de esta crisis a mediano o largo plazo es que el teletrabajo y el telestudio se consoliden como el principal cambio. Esta situación puede traer consigo una reducción significativa en la demanda de espacios para oficinas y de alquiler de locales comerciales. A su vez, esto puede conllevar a un cambio de preferencias a la hora de elegir una residencia, cuando ya no resulte tan atractivo vivir en un apartamento pequeño, como lo era hasta hace muy poco la demanda en ciudades como Bogotá, en la cual la clase trabajadora buscaba un espacio doméstico pequeño cercano a su lugar de trabajo o al transporte público para su desplazamiento. Con la pandemia dicha
tendencia puede tender a revertirse, ya que al tener que estar un mayor tiempo en sus hogares, la búsqueda de áreas amplias con servicios sociales adicionales puede marcar la tendencia. Dicha condición podría a su vez traer aparejada la necesidad de facilitar la provisión de servicios públicos, no sólo al nivel de las urbes sino en una adecuada distribución en todo el territorio nacional que garantice su cobertura a toda la población.

Ahora bien, con el telestudio puede ocurrir que muchos estudiantes que vivían en ciudades intermedias ya no tengan que desplazarse a las grandes ciudades para continuar sus estudios, lo que redundará en una reducción de la aglomeración poblacional en las grandes urbes. Este nuevo escenario podría con el tiempo redundar en una evidente reducción del ritmo de crecimiento de la población urbana y, por lo tanto, una reducción en la demanda de viviendas y servicios.

Como efecto dominó se encuentra el transporte, el cual podría enfrentar de igual forma cambios significativos, teniendo en cuenta que, si la población tiene que desplazarse menos, la demanda de pasajeros se reducirá. Un contexto que hace pensar en dos premisas importantes: la primera, se generará una mejoría en la calidad de aire, como se ha podido comprobar en estos meses en todo el planeta, y la segunda se aliviará la crisis vial al interior de las ciudades ya que se reducirán considerablemente la congestión vehicular pública y de privados. Otro aspecto a resaltar alude a la necesidad de establecer y replantear nuevos sistemas de movilidad, a fin de evitar que el transporte se convierta en un infalible
vector de propagación del virus. Esto puede abrir la puerta a la consolidación de una infraestructura de movilidad más acorde a dichas necesidades, como es el caso del establecimiento de ciclovías, etcétera.

Paisaje de Tunja. FOTO: Linda Milena Torres S.

Consideramos por otro lado que esta crisis sanitaria, económica, laboral y por ende social deberá también llevar a un replanteamiento de un nuevo modelo de producción donde la hiperdependencia de ciertos sectores económicos como el turismo o aquellas relacionadas con la industria extractiva (explotación de hidrocarburos, minería, etc.) debe transformarse hacia un modelo de consumo responsable, sostenible y saludable en el cual los entes territoriales se replanteen la necesidad de retomar o fortalecer el discurso sobre la necesidad de implementar procesos que garanticen la soberanía alimentaria, energética e industrial de las urbes, así como facilitar su conexión con los territorios rurales productivos.

No se puede desconocer asimismo que el desestímulo derivado de la globalización de la economía ya había sido evidente, lo que trajo consigo, entre otros efectos, un proceso de segregación donde las economías locales fueron siendo relegada. Hoy en día ante el panorama que se avecina, se podría retomar la apuesta a favor de políticas públicas que promuevan los procesos de dinamización y revitalización económica a través del establecimiento de líneas de financiación y programas de capacitación que promuevan la conciencia social hacia el consumo de cercanía (economía de barrios), lo que sin duda ayudará a fomentar el autoabastecimiento principalmente comercial y alimentario.

Estos aspectos podrían traer consigo un cambio en las dinámicas poblacionales que se han venido dando en las últimas décadas, y revertirse así la lógica “atractiva” de la ocupación de las grandes urbes hacia la consolidación de un nuevo modelo de descentralización y equilibrio de ocupación del territorio, que impulse a su vez procesos de planificación a largo plazo para un nuevo ordenamiento territorial en donde los requerimientos de infraestructuras sean diferentes.

*Bióloga colombiana (Tunja, Boyacá, 1983), especialista en Gestión y Ordenación del desarrollo territorial; Magister en Ciencias Biológicas; Candidata a Magister en Gestión Ambiental y Ordenamiento Territorial; Cofundadora de la Empresa D&M Ingeniería y Medio Ambiente SAS y Directora General de proyectos de la misma.
FB: Linda Milena Torres.s
IG: @biomileto
Tw: LindaMilenaT
Email: litorress@unal.edu.co

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