Hay pieles que me producen alergia

Por Joelia Dávila*

Imagen de Luis Wilker Perelo WilkerNet en Pixabay

Hay pieles que me producen alergia. Pieles que, al rozarlas con la mía, me generan urticaria, me pican y me molestan. Hay pieles que me incomodan. No soy muy adepta a tocar pieles, a que me toquen. No
soy del tipo de personas que añoran el contacto físico, no lo soy al grado de que hay pieles que me provocan alergia.

Pero ayer sucedió algo en la ducha. Me acerqué a la pared mojada, con el chorro de agua sobre la espalda, y me abracé a ella. Lo que se puede “abrazar” a una pared, lo cual es nada si consideramos el abrazo como el envolver a lo otro con nuestros brazos. No pude envolver nada con mis brazos, por supuesto. Mis brazos, mis manos, las rodillas, mi vientre, el pecho, los senos, tocaron con su propia
humedad la humedad del azulejo tibio y me pareció sentir que su color gris trataba de envolverme. Pero sólo me pareció, claro.

Me acerqué y apoyé mis palmas completas, abiertas, sobre la resbalosa cerámica y creo que comencé a hablarle. Añoré que me abrazara. Añoré abrazarla. Añoré abrazar. Sentí por un instante la necesidad de otra piel tocándome, de un par de brazos rodeándome, cruzándose desde mi hombro izquierdo hasta mi
costado derecho. O tal vez, amarrándose a mi cuello. O, mejor aún, bajando desde mis hombros hasta la cintura, la espalda baja, los muslos.

El chorro de agua caía tibia sobre mi espalda. El agua, en cierta forma, me abrazaba por detrás, pero no había palmas ni muñecas que rodearan mi abdomen para amarrarse sobre mi vientre, dedos que subieran para abordar mis senos, una piel que me sorprendiera por la nuca al ceñirse en unos labios lentos, acalorados.

La ducha duró más de lo normal, hasta que la añoranza de las pieles sucumbió ante la culpa ecológica por desperdiciar agua. Me solté del azulejo y me hundí en el chorro por última vez. Seguía tibia, en esta temporada el agua difícilmente sale fría de las tuberías. Tal vez las altas temperaturas recrearon el escenario de añoranza de pieles. O tal vez el vacío de voces me llevó a sentir el abrazo gris de una pared muda, húmeda y muda. Cerré la llave y noté mis piernas temblorosas, mi respiración agitada y un poco de mareo. Abrí la puerta para sentir el frío del aire acondicionado de la habitación y volví a la realidad.

Después de la ducha siempre debo aplicarme crema o aceite. Mi piel suele secarse, sensible en extremo, me duele, se agrieta. A veces se irrita, aunque no sufro de alergias por ahora. No hay pieles que me provoquen urticarias ni sarpullidos. Ni temblores ni ansiedades. No hay ni siquiera pieles que me provoquen. No hay ni siquiera pieles. El azulejo es demasiado caliente en este verano de encierro,
demasiado plano. Demasiado inmóvil.



*Joelia Dávila (Mexicali, 1978), escritora de poesía y narrativa breve, arquitecta, maestra en estudios socioculturales, tallerista literaria, redactora por encargo y estilista canina. Ha publicado los poemarios Ferogramas (2016) y Del polvo a la piel (2006). Textos suyos se encuentran en diversas antologías, así como en revistas literarias del país como Alforja, Aquilón, La Otra y Tierra Adentro.

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