El rumor de la vida

Inventando ciudades

Por Amalia Decker Márquez*

Photo by Elina Sazonova on Pexels.com

Anoche tuve un sueño. Fue un privilegio. Soñé una historia escrita por las estrellas. Fue bonito y se los quiero contar. Imaginé que inventaba ciudades. Clara y Natalia me pidieron que me asomara a la ventana y me preguntaron qué veía.

-Nada -dije.

-¡Cómo que nada! -me respondieron al unísono.

Cómo son las transposiciones de caprichosas, ambas desaparecieron mágicamente sin que yo tuviera tiempo de alegar nada a mi favor. Quedé sola, con la mirada perdida en ese paisaje tenue. Intenté descubrir lo que mis ojos no habían visto o no querían ver. Pensé que era preciso hacer esta incursión con los sentidos. Y mientras eso sucedía me dejé llevar como si realmente así fuera. Entonces pude vestir mi invento con palabras. Llené las ausencias con ellas. Cerré los ojos para ver mejor. De inmediato mis sentidos me devolvieron los rumores esenciales de la vida: agua, fuego, lluvia, ríos, mares, sol, bosques, frío, hombres, mujeres, niños niñas… Transité entre la nostalgia y la imaginación. Redescubrí el tacto y con él las superficies que se rompen con la mirada. Pude ver un silencio nuevo en el canto de las cigarras por la noche. Pude sentir en mi cuerpo el olor húmedo de la floresta. Y pude tocar los sabores de la infancia con la fuerza de un estremecimiento.

No tuve miedo. Toda mi andadura onírica estuvo acompañada de voces que me hablaron con sonidos de aguas en movimiento. Un lenguaje nuevo que me invitó a sumergirme en los efluvios sempiternos de esos ríos por los que caminé con mis nuevas alas. Fue como si la vida me retara para enfrentarme a la sencillez de evocar un destino impredecible. Recordé, en medio de mis remembranzas, otro sueño, el de la gran Sor Juana Inés de la Cruz, quien se describe en muchos de sus cuentos volando dormida para descubrir los secretos del mundo y sus amores con la divinidad.

Muy lejos de ella. A una distancia sideral de su audacia y de su sabiduría, pude volar y descubrir en los pliegues de la memoria el eco del recuerdo. Por un momento, en la misma transposición, tuve el pálpito de que era solo un sueño. Pero de inmediato vino a mí la rebeldía y pude palpar en los recuerdos, el deseo intrínseco de mis padres y también el deseo de ellas: Clara y Natalia, dos niñas que me enseñaron a ver con los ojos cerrados y a inventar un futuro como el de ayer. Sentí alivio. Sentí placer. Vi cómo los cerros se fundían con el color de los tejados de barro, envueltos en la luz de la luna. Me sentí impunemente joven y con el aura del enigma pude mirarme en el espejo de las ensoñaciones y así experimentar cómo todos mis sentidos se fundían en un solo presentimiento, una disyuntiva imprescindible a pesar de mí misma. A este universo trajimos a nuestros hijos. A este, nuestros hijos traerán a los suyos y ellos a su vez, harán lo propio. Y así será por siempre. Y no hay en el mundo nada más irresoluble que la vida y la mirada de los seres que llegan a iluminar nuestro camino. Cuando desperté, sentí que había quedado en mí algo esencial, un destino, un empeño: inventar ciudades para vestirlas con palabras que las abracen y las protejan.

*Me echaron a la aventura de vivir en la ciudad de Cochabamba, corazón de Bolivia. La verdad es que tropecé tarde con la fiebre de urdir historias y contarlas. Fue más o menos a la mitad del camino de la existencia. Antes fui guerrillera, en los tiempos de Patria o Muerte. Política y diputada en tiempos de democracia y periodista de profesión. Tengo una decena de libros publicados, entre ellos varias novelas, desde que empecé el sufrido placer de escribir: Carmela; Tardes de lluvia y chocolate; Yo la reina de sus sueños; Mamá, cuéntame otra vez. Algunas de ellas fueron traducidas al portugués, el italiano, el francés y todas, al menos, llegan a la cuarta edición.

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