Desde mi ventana

Por Juan Alberto Vázquez*

Fotos: Juan Alberto Vázquez

Una de las cosas que nunca había hecho en mi vida era captar con mi cámara y desde mi ventana escenas de lo que ocurre en Brooklyn, mi barrio.

Lo primero que vi fue el miedo que nos chantajea cuando se atraviesan 38 ambulancias en un solo día, y al mes siguiente llegan los helicópteros durante todo el día cuando las protestas se hicieron presentes estando aún el virus como huésped.

Desde aquí he podido mirar que los individuos son, en promedio, jubilosos pese a sus trazas de intolerantes y sufrientes. Hay harto rapaz trepado al tren solidario del día y conquistadores de su parcela donde pintaron un muro de indiferencia y dolor.

A través de mi ventana he visto las oleadas de esperanza que mueven a la humanidad y la sólida empatía que empuja al sujeto. La supremacía del que se siente amado por Dios y la desconfianza de los que creen en alguna virgen. También, por supuesto, la bipolaridad de los que no creen en nada.

Sin mucha perspectiva, ahí, desde mi ventana, pude dibujar el modelo fallido, el único que tenemos como humanidad, ese que nos expulsa hacia el consumo que nos hace libres más que la verdad, aunque luego nos deprime. Para esos momentos de soledad, siempre existirá Amazon Prime.

Pero en el 2020 tuvimos la suerte de que una cuarentena nos mostrara que casi todo, o cuando menos lo que vale la pena, lo podemos hacer con nuestras manos y en nuestras casas: pan, albóndigas, sopa, pizzas, jaleas, arte, amor, engaño, intriga, juegos. 

He mirado a mis hijos, que no dimensionan la tragedia, apostando a la normalidad. Con ellos, mi gato comienza a aburrirse en su exilio entre los dos pasillos, seguramente la zona más fría de la casa, ahora que llegó el caluroso verano.

Miro de lejos a un hombre joven con una joroba de preocupación y a un viejo que sale a dar la vuelta al parque en su bicicleta, echando a la basura su playera que dice “población de riesgo”.  

He visto a trabajadores esenciales recoger basura y entregar comida que nadie quiere preparar. He visto a otros preparar comida que nunca pensaron pudieran cocinar.

He visto gente querida en Zoom y gente odiosa en vivo.

He visto perros inmunes y luciérnagas, mapaches, cuervos, palomas, abejas, moscas, hormigas y ardillas. A esos pájaros que cantan divino y que, según entiendo, parecen estar muy a gusto sin nuestra tóxica presencia.

Esta es una ciudad en la que, desde hace siglos, todo florece. Ahora que fue la más contaminada del planeta, es el ejemplo claro de lo que “domar la curva” significa y por eso la mayoría nos sentimos orgullosos, aunque no por eso menos alertas.  

Aunque haya euforia implícita en la frase “lo logramos”, eso nos lleva decretar otros objetivos y conocer el empaque de las cosas que nos van a salvar: aquellas que tienen ruedas y se dejan pedalear, lo que viene en botella de cristal, lo que se escucha con saxofón o piano, lo que viste falda.

Sobre todo, lo que lleva nuestra sangre.

*Periodista y escritor mexicano dedicado a temas de justicia, migración y cultura. Reside en Brooklyn, Nueva York. Twitter: @juansinatra

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