La nueva educación

Por Oscar Fernández Herrera*

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Desde hace años, el sistema educativo nacional hace frente a una enormidad de inconvenientes que han imposibilitado el crecimiento formativo de los niños mexicanos y, con ello, obstruido su tan pretendida felicidad. A pesar de lo anterior, e ignorando los penosos escenarios del México actual, la tarea de una transformación total del sistema educativo supone una operación descomunal debido a que muchos estiman que la educación básica (en cualquiera de sus modalidades) es un simple escalón para llegar al siguiente nivel, despojándola así de su carácter formativo. Esto exige una nueva significación de identidad y pretensiones, pero llegó la pandemia y la situación se agravó aún más.

Trabajo en el área de secundaria de un colegio privado en Coacalco, Estado de México, y a pesar del optimismo de las autoridades estatales, la comunidad escolar decidió suspender actividades en marzo para impedir un contagio que pudiéramos lamentar. Cumplí con mis diligencias y decidí tomarme unos días de bien merecido reposo (al menos así lo pensé en ese momento), pues –como muchos– creí que se trataba de una emergencia sanitaria casi fútil. Los primeros días los ocupé para atender asuntos familiares que exigían mi inmediata atención. Órdenes y contraórdenes iban y venían.

Durante las primeras semanas, pese a los esfuerzos del profesorado, los primeros reclamos no se hicieron esperar: “es mucha tarea”, “son tareas repetitivas y aburridas”, y mil descontentos más por el estilo. De igual forma, la recepción de trabajos tan dispares (resultado de instrucciones poco claras, inexperiencia y desinterés) supuso lo difícil que sería el trabajo desde casa. Las noticias en la televisión eran cada vez más alarmantes.

Después del “reposo” llegó Semana Santa y la incertidumbre como distintivo. El uso de cubrebocas, el lavado constante de manos, la sana distancia, el estornudo de etiqueta y la permanencia en casa se escuchaban en todos los lugares y a todas horas. Los primeros contagios en México acapararon la atención de propios y extraños.

Fue entonces cuando la contingencia demostró su naturaleza: seria y temible. Los primeros enfermos por Covid-19 se agolparon afuera de hospitales o clínicas en busca de atención, y el “quédate en casa” se convirtió en una exigencia.

Repentinamente me quedé encerrado (metafóricamente, claro está) en un cuarto. Las escuelas donde laboro, mis idas al cine, mis clases de cardio y baile, y las reuniones con los compañeros de trabajo quedaron suspendidas por tiempo indefinido. Libros, música y algo de redes sociales para sobrevivir al momento.

Mis directores escolares no tardaron en reunirnos “virtualmente” para determinar las acciones que tomaríamos para atender a nuestros estudiantes. No fue sencillo, pues conciliar tantas propuestas requirió de mucho ánimo y carácter. Como parte de las estrategias de enseñanza –aprendizaje que diseñé para el módulo de español–, puse especial atención a la salud emocional de los estudiantes a través de dinámicas, ejercicios y juegos. Me preocupó que mi plan no funcionara debido a que, para muchos padres de familia, la escuela es sinónimo de cuadernos repletos de apuntes y tareas interminables. La finalidad de la actividad lúdica no era sólo diversión, sino también la oportunidad para reforzar algún contenido estudiado. Se podía trabajar ortografía, escritura, pronunciación y gramática.

Primer día de clases en línea: ansiedad y emoción mezcladas. No pude dormir la noche anterior imaginándome la reacción de mis alumnos y el veredicto de mis jefes. Me asaltaba una sensación de fracaso injustificada porque me había preparado tanto como fuera posible.

Todos mis temores se esfumaron en cuanto me conecté: reunirme con mis grupos después de tantas semanas fue increíble. Saludos, cumplidos e inocentadas precedieron decenas de horas de trabajo (en ocasiones no tan prácticas o eficientes) con todo el material que analicé, clasifiqué, transcribí, adapté y estudié. Cómo me gustaría que los padres de familia calcularan las horas que se emplean para preparar una sola lección. Recuperé parte de mi condición humana.

Cumplir con los temas académicos requirió de ingenio y capacitación. Tomé un curso para enseñar desde casa (ofrecido por Conalep, mi otra escuela, con duración de cuarenta horas) y repasé algunos textos relacionados con dinámicas y prácticas que suscitan la reflexión, el diálogo y la escritura. A pesar de lo anterior, siempre destiné un poco de tiempo para que mis niños me presentaran a sus mascotas o me presumieran sus habitaciones. Ellos, por supuesto, también conocieron mi colección de historietas y demás memorabilia geek.

Qué difícil ha sido cumplir con tantas exigencias académicas; no obstante, cuando se hace con amor, vale la pena. Sí, saldremos de esta situación más fuertes que nunca.

*Licenciado en Periodismo y Comunicación colectiva por la UNAM, docente de educación básica y media superior desde 2005. Ha trabajado como caricaturista para Siglo XXI Editores y analista de prensa internacional en Intélite, agencia de información ejecutiva.

FB Oscar Fernández Herrera
TW @koguezinho

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