Adiós a Rogelio Villarreal Elizondo (1953-2020)

Por Margarito Cuéllar*

Foto: tomada del muro de Genaro Saúl Reyes

El momento que se vive el mundo en torno al coronavirus es un parteaguas que señala con claridad un después en el que la incertidumbre, la desolación, el miedo y la muerte parecen haber llegado para quedarse.

A la par de la ausencia causada por la pandemia en el campo artístico, como pudieran ser la partida de Luis Fernando Aute en España y Oscar Chávez en México, se suman en Monterrey, Nuevo León, la partida del humanista Alfonso Rangel Guerra y la del promotor cultural y hombre de teatro Rogelio Villarreal Elizondo. Ambos ligados a toda una vida cercana a la academia, las humanidades, la gestoría artística y al despegue cultural de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Por ser el sorpresivo fallecimiento de Rogelio Villarreal el deceso más reciente, trazaré en esta nota algunos pincelazos de su paso por la UANL.

Cuando parte alguien de tu generación te cae el veinte de que la hora se acerca. Primero unos y luego otros, pero invariablemente te sitúa en un punto de fragilidad.

Lo conocí en un teatro y lo vi por última vez en un teatro


Rogelio Villarreal nació en 1953. Incluso recibimos juntos el Premio a las Artes el mismo año (1995), él por sus méritos en una disciplina que fue su pasión: las artes escénicas.

A esta pasión dedicó su energía de 1974, año en el que se integra al Taller de Teatro Universitario, a los años finales de su existencia.

Lo conocí en un teatro y lo vi por última vez en un teatro. Antes del coronavirus nos vimos justo en Foro Teatro Monterrey, un espacio para la presentación de obras cortas con públicos pequeños. Una especie de teatro de bolsillo. Susy Robles y yo salíamos de una función a la que ella había dado cobertura y él entraba. Se le veía contento, con energía, con altibajos de salud, pero con ánimo y proyectos. Estaba ya alejado de la promoción cultural en el ámbito universitario, desde donde fortaleció, entre 2004 y 2016, la infraestructura cultural de la Universidad Autónoma de Nuevo León y las publicaciones al frente de la Secretaría de Extensión y Cultura, además de fundador, primero de la Escuela de Artes Escénicas y posteriormente de la Facultad de Artes Escénicas y apoyar la creación de la Casa Universitaria del Libro.

Desde los años 70, y hasta su muerte, se mantuvo al pie del cañón cerca de los escenarios. La primera vez que lo vi fue en 1977. En aquel entonces se armó una lectura de mis poemas en el Teatro La República y Rogelio Villarreal coordinó la parte artística del evento.

El mundo del arte y sus protagonistas suele ser feroz. “Aquí el más calvo se hace trenzas”, decía, refiriéndose al difícil tránsito de la comunicación con los artistas.

Y es que Rogelio Villarreal, por su temperamento fuerte y su nexo con teatristas, músicos, escritores y artistas de toda índole, solía estar en el ojo del huracán; tanto con la comunidad inconforme y demandante de espacios como por su vínculo con la jerarquía universitaria. Digamos, finalmente nadie es perfecto, que Rogelio parecía a veces un tanto caprichoso en sus decisiones, aunque sabía bien lo que hacía y una vez que se decidía a impulsar un proyecto, un programa, a un grupo artístico o un nuevo espacio, no solía dejar a medias las cosas. Y vaya que amplió el espectro cultural de la UANL mediante el acercamiento y apoyo a todas las disciplinas artísticas.

Quizás exagero si digo que era una especie de divo de la cultura, pero lo hago con el cariño y el respeto que merece su persona y su trayectoria en el  campo de la cultura, el arte, la docencia y los escenarios.

Cito solamente algunos de sus logros al frente de la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL: la puesta en marcha y conclusión del Centro Cultural Universitario Colegio Civil en 2010 y el impulso a las publicaciones que alcanzaron un promedio de un libro cada dos días, a la par de la internacionalización del área editorial ampliando la presencia del sello editorial de la Máxima Casa de Estudios a las ferias del libro más importantes del mundo y con un catálogo de autores verdaderamente impresionante. Esto último con un equipo de primera línea, como es el caso de José Garza Acuña a la cabeza del área de publicaciones.
Pienso que otro de sus logros fue fortalecer el vínculo entre la comunidad artística y el entorno universitario, además de sentar las bases para que la UANL asumiera el liderazgo en el tema de la creación, la promoción y la gestión artística en el norte del país.

No dejó nunca el cigarro. Su oficina, primero en la Biblioteca Magna Universitaria y luego en el Colegio Civil, tenía la huella del humo de Rogelio, aunque estaba prohibido fumar en los recintos universitarios. Una diabetes y el son del corazón lo mantenían en jaque. Hasta que un paro fulminante lo sorprendió en su casa el 24 de mayo pasado. En pleno Festival Alfonsino. Adiós, Ricardo, que te vaya bien. No te voy a decir que nos vemos pronto, pero sí que se te extraña.


*Poeta, escritor, narrador y periodista mexicano (Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, 1956). Reside en Monterrey, Nuevo León desde 1973. Entre otras distinciones ha recibido el Premio Nacional de Poesía de la Universidad Autónoma de Zacatecas 1985 y es becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León. Entre sus poemarios destacan Que la mar abra sus puertas para que entren los pájaros, Batallas y naufragios y Plegaria de los ciegos caminantes.

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