Flores de invierno

Por Arantxa de Haro*

En medio del encierro y la pandemia, a fines de marzo nevó inesperadamente sobre los cerezos en Tokio. Crédito de foto: @PaprikaGirl_JP

Entre cambios de realidades y tiempos disonantes, nos encontramos reiniciando bajo condiciones poco favorables las labores que dejamos suspendidas en el tiempo. Mi reconfortante encierro acaba. El cobijo de aquella pausa me ha dejado de nuevo al descubierto, como quien deberá correr de nuevo y retomar el vertiginoso estilo de vida del salto de mata. El capitalismo voraz, del que no puedo negar soy parte, ha hecho que mi relación con los alimentos sea precaria: un cóctel de ansiedad social, expectativas y una imagen corporal rota, fueron las condiciones perfectas para que adictivos alimentos me engancharan. No puedo negar, una vez más, que en el aburrimiento en mi teléfono abro la aplicación de Amazon: miles de artículos a disposición de un click para sentir la adrenalina de adquirir algo. La intoxicante dopamina del consumo se esfuma una vez que ha llegado el producto. Una Navidad que elegimos tener cada que pedimos un paquete… paquete que es traído por la gente más desprotegida de la sociedad. Viajar sin preocuparse de otros algunos lo harán, mientras que otros nos quedamos en casa consumiendo en un frenesí de lo superfluo. Por lo que me quedo pensando que aún en la inmovilidad seguimos enganchados a nuestros vicios.

Por otro lado, los miedos sociales. Miedos irracionales que no terminan por sabotearnos de una u otra manera. Creí siempre estar más enferma de lo que estaba, también sobreestimé mis capacidades. Un par de exámenes neurológicos y psicológicos mapearon mi realidad en ese órgano llamado cerebro. Con gran tranquilidad, el papel de los resultados me vio al rostro, sonrió y sentí como si me hubiese dicho con un guiño: “¿ves cómo no eras tan rara? Anda ve y quítate esos pesos autoimpuestos sobre tus hombros”. La deuda que sentía que tenía con otros no era más que un ego inflado que nació como mecanismo de protección al maltrato. No necesitaba dar mi 130% a costa de mi salud, no requería desvelarme durante tres meses para ganar una décima más, no era necesario ser la mejor ante todos. Sólo era necesario fuera feliz conmigo misma.

Suena vacío, y sin embargo ahora lo entiendo. Ninguna relación amorosa, la cual siempre aspiré culminara en matrimonio para cumplir con el papel impuesto por la heteronorma, afortunadamente nunca terminó en ese destino. Sólo sentía la presión de llegar a ese punto para tachar la lista de pendientes que se me había impuesto. En su momento, en mi infancia soñaba con ser monja, luego militar y luego la esposa de algún hombre de familia conservadora. Y ahora, en medio de los fracasos de llegar al camino de la ama de familia, no puedo evitar señalar que en realidad esa nunca fue mi naturaleza. No me sorprende que Casa de muñecas de Ibsen haya sido mi novela favorita. Mientras que jugueteo con esa idea de teñirme el pelo de rosa, dejar que quien me ame (sea quien sea), lleve un proceso emocional y espiritual más que un montón de logros académicos. La vanidad es inútil en estos tiempos. Sólo es necesario cumplir nuestros sueños, porque siento que esta vida es tan frágil como una flor en invierno.


*Oriunda de León, Guanajuato, es un geek con licencia (mas no ejerce), se sostiene de su hobby, los idiomas. Su necio gusto por lo multidisciplinario la volvió estudiante de Derecho. Se la pasa los fines de semana tomando café y escribiendo. Vive en una nación independiente que es su departamento, acompañada de una orquídea y un perrito. Aliada feminista LGBT+, su segunda casa es Twitter: @arantxatzeitel  

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