Animal salvaje

Por Vonne Lara*

Vonne y Minerva. Foto: cortesía de la autora

Nunca falla. A las siete de la noche es mi “hora loca”. Muy parecida a la que tienen los gatos cuando comienzan a correr sin control por toda la casa y te pasan como rayo entre las piernas o frente a tu cara, recorren el sofá en un segundo y dan vuelta en el pasillo con gran trabajo y agilidad al mismo tiempo.

Mi gata tiene esos momentos, esa hora loca endemoniada. Lo mejor que puedo hacer es permanecer en calma y dejarla que me pase por encima una segunda o tercera vez. Gritarle sería, además de ridículo, vano. Interponerme en su camino una osadía que no estoy dispuesta a pagar.

Cuando la veo así distingo sus orejas echadas para atrás, sus pupilas dilatadas, incluso parece que sus ojos han doblado su tamaño y contienen una mirada perdida proveniente desde lo más salvaje de su naturaleza. Porque bien sabemos que los gatos no están domesticados, sino que tan solo le perdieron un poquito el asco a los humanos, sobre todo a los humanos proveedores de alimento y juguetitos. Enfrentarse con esa mirada felina, enloquecida, sin rastro del supuesto apego que nos tiene, es enfrentarse con una fuerza implacable y peligrosa. Así mismo me pasa en mi hora loca.

No falla. A las siete de la noche durante estas semanas de interminable cuarentena me ha dado la locura —por supuesto que sin la agilidad y gracia de mi gata—. A esas horas muchas veces ya he terminado mis labores, o, para ser más sincera, ya estoy cansada de ellas y me alejo de la computadora. Intento leer, tocar la guitarra, recoger la mesa, salir al patio a fumar, regar las plantas, echar un ojo al celular y luego repito todo esto sin éxito. Derrotada por no poder aplacar mi locura interna.

Intento que se relaje, que deje de corretear por toda la casa, en este caso en mi interior, ese hogar solitario que todos tenemos y en donde, por fortuna y también por desgracia, solo somos unos solos solos. No lo voy a negar, ha habido horas locas que he aplacado con, como dice Fabián Casas, “el psicólogo rubio”: es decir con un whisky. Pero como todo paliativo mágico su poder ha sido insuficiente e insostenible para tantos y tantos días iguales, o, para ser más sincera, para ya no digamos curar sino calmar un poco la locura de tantos años que encontró en la cuarentena la rendija perfecta para gritar desde adentro.

Quizá lo que me da más ansiedad —porque ya es momento de nombrar las cosas como son— es, oh, qué sorpresa, no poder salir. Pero no porque quiera salir, sino porqueno puedo salir. Como en esas ocasiones que se te acaba el agua y justo, justo, justo en la noche te da sed nomás por llevar la contraria y complicarte la vida. Sí es verdad que me gustaría ver a mis padres, a mis hermanos y a mi sobrino, pero de ahí en fuera la verdad que solo tengo ganas de ver a otros dos humanos más. Esos dos amigos son de los que me han demostrado que hay hermandades que se construyen por puro amor. La cuarentena diluyó nuestros planes de ir juntos a la playa y de pasar tardes y tardes jugando Catán con dolor en el abdomen de tanto reír, como otras veces hemos hecho. Pero, claro, no es momento de lamentarse de un privilegio godín, sino de observar lo que detona la ansiedad. En resumen, es porque quiero ver a mi familia y a mis amigos, aunque la causa principal es que tengo un vacío interno muy grande que en diferentes épocas lo he intentado llenar con artículos de toda clase: humanos, animales, drogas, libros, comida, humanos animales, animales humanizados, humanos idealizados, humanos droga, libros oscuros, animales indomables, comidas gordas, drogas incontrolables, humanos amantes, humanos castrantes, adicción a los humanos —no, a uno solo, decisión fatal—, animales como droga, comida sin grasa, sin carbos, sin azúcares, libros animales, libros comida. Ese vacío jamás se llenó ni se llenará de esa forma. Por fin lo sé.

Como si de un acto de magia se tratara, mi gata pasa de su hora loca a aparecer echada en el brazo del sillón durmiendo con una tranquilidad y una belleza, que casi me hace olvidar que me usó de trampolín dos veces durante sus correrías frenéticas. Así mismo me sucede con la ansiedad. Cuando por fin baja de sus niveles de vértigo, casi le creo que no fue para tanto. Es una trampa, muy parecida a la de los gatos que nos dejan creer que los hemos domesticado, aunque en realidad siempre serán salvajes. Tal vez lo único que queda por hacer es lo que mi maestro de meditación llama “rendición”. Es decir, soltar el cuerpo, soltar las supuestas riendas que tenemos de la vida y de las personas, soltar la idea de que tenemos control sobre las cosas y, sí, descansar en el caos.

Esa locura de las siete ha sido para mí como un portal a otra dimensión. Una dimensión muy profunda y casi inexplorada porque le temo, porque ver nuestro interior es presenciar un encuentro de espejos delirantes. La rutina —o la calca exacta entre un día y otro— de la cuarentena ha hecho que incluso la ansiedad tenga su hora exacta de aparición. Y, pues, la veo, me quedo quieta, como cuando veo a mi gata en ese estado; respiro, la veo ir y venir, respiro, la veo saltar, tirar cosas, desestabilizar otras, a veces cierro los ojos, pero solo por unos segundos por si se le ocurre arañarme la cara, a veces me atrevo a mirar por sus ojos de cenote y es verdad que descubro cosas: esqueletos, sacrificios, también ofrendas y, sí, cosas de una belleza inexplicable, aunque macabra. Me quedo quieta, callada, en rendición. Sé que pasará, me digo, sé que pasará.

*Mujer y mamá cósmica. Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Escribo en Hipertextual, la columna “Reflexiones Apátridas” para Notas Sin Pauta, ensayos en vonnelara.com y edito el folletín Soflama, gabinete de ensayos.

Twitter: @vonvonnet

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