Viaje al origen

Por Abenamar Sánchez*

“Me propuse redactar una cuartilla diaria de fantasía y realidad centrada en el pequeño pueblo donde nací”, anota el autor del texto. Foto: Cortesía del autor

No guardo el momento justo en que emprendí el viaje, pero sí la memoria de que partí, no por la puerta ni por la ventana. Era principios de abril, el país había cerrado el mes de marzo con casi treinta defunciones y Chiapas con trece casos de contagios, y en el encierro en Tuxtla Gutiérrez lo que más nos llegaban eran noticias nada alentadoras. Ingrid, Hiromi y Demian estaban con la curiosidad innata de todo niño explorando de nuevo cada rincón de la casa, pero por ratos se quedaban mirando a la calle desde los ventanales.

Una incursión rápida al centro de la ciudad me remitió a la gravedad del caso: de tres o cuatro negocios a los que me asomé, todos tenían anaqueles vacíos, las avenidas y las plazas estaban semidesiertas y algunos edificios públicos ya habían corrido el cerrojo. Afuera me enteré de que la entidad con poco más de cinco millones de habitantes había registrado la primera muerte por el virus.

¿Qué hacemos?, preguntó Silvia algo aterrada apenas volví. Me quiero ir al campo con los niños, dijo. Estaba por responderle que quizá la alternativa para marcharse era un coche propio, porque en las terminales se había vuelto difícil coger el transporte, cuando noté que los niños estaban atentos a la respuesta. Nos iremos, pero antes leamos, resolví y caminé con ellos a la mesita de los libros; optaron por uno de relatos locales y fue la mayor, Ingrid, quien se dispuso a leer para todos. En mi interior luchaba por decidir si marcharía con ellos o me quedaría en la ciudad, porque no en todos los lugares hay acceso a Internet. De irme estaría renunciando al trabajo a distancia que sostengo desde hace poco. En eso estaba cuando oí que mi hija seguía leyendo: su voz era clara, cual música en medio de la nada. Ya sé, me dije.

Nací en una zona montañosa y de mis recuerdos de infancia los que más me gustan son de los momentos que con mis hermanas y padres pasábamos sentados junto a la lumbre de la cocina en temporadas de lluvias, mientras mi bisabuelo nos contaba relatos de dioses y demonios, o de cuando en etapas de estiaje nos colocábamos cada quien con su taburete a la sombra de la marquesina o bajo el antiguo árbol de pimiento para escuchar los mismos cuentos, pero ya con ligeras variaciones. En ocasiones que no contábamos con el bisabuelo, era mi padre quien ocupaba el papel de narrador, aunque al final algunos relatos terminaran sin pies ni cabeza, pero igual nos mostrábamos alegres o aterrados según fuera el caso. Así fui aprendiendo que la lengua que hablo, zoque, la conforman principalmente sonidos de la naturaleza o evocaciones de acción, o que algunas palabras son mera referencia de imagen. De todo eso me acordé con la lectura y deduje que había encontrado un hilo del cual asirme para sobrellevar la cuarentena.

Me propuse redactar una cuartilla diaria de fantasía y realidad centrada en el pequeño pueblo donde nací, y en sus ríos y montañas y leyendas. No recuerdo la hora en que comencé, pero conforme he avanzado me he ido preguntando qué habrá sido de aquellos niños con los que en algunas tardes noches, después de jugar a las canicas, trompos y escondidas, nos acomodábamos en círculo para tratar de asustarnos con los relatos más atroces, que regularmente cobraban fuerza en ciertos hechos inexplicables como la muerte repentina de alguien que habría encontrado la puerta que llevaba al fondo de un cerro encantado. Mi bisabuelo era un hombre convencido de que hay personas que tienen la capacidad de ver en la naturaleza cosas que están vedadas para otras. Recuerdo que así un mediodía un grupo de niños nos metimos al monte, caminamos hasta la orilla de un caudaloso río, nos acercamos a una alta barranca y buscamos sin éxito la puerta de acceso. Nos pasamos días contándonos que habíamos estado muy cerca de aquel mundo mágico. Y ahora que he vuelto cerca de ese lugar, para alcanzar a mi familia que se había adelantado y cuando ya México está en la Fase 3 del Covid-19 con 1.859 defunciones al 30 de abril y siete muertes en Chiapas, noto que hombres y mujeres mantienen la costumbre de sentarse a platicar por las tardes frente a la casa o bajo la sombra de los árboles. Están enterados de la pandemia por el virus que no tiene cura, pero la palabra y la cercanía entre los suyos los mantiene alegres. También caigo en la cuenta que sigo desovillando el hilo que me ha llevado por todo un viaje imaginario.

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