Reflexiones desde el confinamiento

Foto de Cottonbro en Pexels.com

Por Javier Molina*

EL VIAJE PERDIDO

Hace justo un año yo estaba en China, desorientado ante el país más hermético e indescifrable que he conocido en la vida.

Durante ese viaje decidí parar. Bajar el ritmo y viajar menos y mejor. Llevaba mucho tiempo reflexionando y haciendo autocrítica: el ritmo enloquecido con el que la gente se desplazaba sin ton ni son a golpe de selfie no tenía ningún sentido. El superávit masivo se estaba convirtiendo en la demencia masiva.

Ahora todo ha explotado por los aires y hay quien dice que no volverá a ser como antes. Que nuestra vida fácil y hedonista se acabó hasta nuevo aviso. Pero el mundo está ansioso por volver al ruedo: millones de primermundistas esperan a que todo termine cuanto antes para salir escopetados a volar donde sea y volver a inundar las redes de selfies viajeros como si nada hubiera pasado.

Ayer un amigo sabio lo expresó de forma inmejorable. Ese ir y venir compulsivo llamado turismo se había convertido en la mayor forma de dar sentido a nuestra existencia y de sentir “que somos algo” en esta sociedad vacía de consumo y trabajo.

Parece una broma, pero quizás esta tragedia de pandemia nos esté salvando de algo mucho peor

¿Terminará la locura? ¿Cambiará nuestra forma de viajar?

Yo, la verdad, no deseo que termine así, sin más. No deseo que termine, pero sí deseo que cambie y que baje de ritmo, aunque ello suponga que seamos más pobres o precarios. Los viajes masivos no eran lógicos ni sostenibles para el medio ambiente. Hoy tememos al coronavirus, pero mañana podemos encontrarnos algo peor: que la capa de ozono termine de agujerearse, que el planeta se inunde y que el sol calcine a los seres vivos, que acabemos abrasados o desintegrados ante un clima inhabitable. Suena apocalíptico, lo sé, pero ¿acaso es imposible? ¿Hay algo imposible al día de hoy?

Ojalá todos reflexionemos sobre el ritmo demencial que llevábamos y las consecuencias nefastas y terminales que todo eso (no sólo nuestros viajes, nuestros carros, nuestro tráfico, nuestros hábitos de consumo y alimentación) estaban teniendo para el planeta.

Parece una broma, pero quizás esta tragedia de pandemia nos esté salvando de algo mucho peor. Ojalá lo tengamos en cuenta. Ojalá.

UN AVISO Y UN DESEO DE BUENA SUERTE

Cuando la ola estaba a punto de estallarnos en la cara, la gente aún lucía despreocupada. En Latinoamérica pensaban que este cúmulo de muertes es un problema del mundo norteño, gélido y temeroso de Europa. En el fondo les entendí, porque nosotros mismos pensábamos que esto era un virus chino (cosas de asiáticos) y que no nos iba a tocar. Cuando llegó a Italia seguimos pensando lo mismo (qué desastre los italianos, la que han liado). En fin, ni unos ni otros tenemos remedio.

El coronavirus finalmente nos llega a todos. Colapsa hospitales generando situaciones catastróficas que parecen sacadas de una guerra. La sanidad española e italiana están ahora mismo viviendo un drama inimaginable, dejando morir a cientos de ancianos cada día para salvar a los jóvenes contagiados.

Imagino esta situación en un hospital mexicano y se me ponen los pelos de punta. Sigo cruzando los dedos para que el clima ayude a México a que el virus vaya más lento. Para que no colapse tanto como en Europa. Para que no provoque las miles de muertes diarias que está provocando en Italia y España, donde además de irresponsabilidad hemos tenido todas las malas suertes posibles: un puente festivo, una manifestación masiva, una semana primaveral en la que todo Madrid salió de fiesta, un montón de ancianos afectados…

El que sea creyente, que rece. Porque necesitaremos suerte

Dicen que este virus se ceba más en países donde hay más contacto humano y donde las costumbres son más cálidas y cercanas: besos, abrazos, toqueteos… Ello explicaría la lentitud con la que crecen los contagios en Alemania. Puede ser, pero también, desgraciadamente, afecta más donde hay más proporción de ancianos: y en este punto, países como España e Italia son los campeones del mundo.

Cruzo los dedos todos los días por México y Latinoamérica. Tienen a su favor que están a quince grados más que nosotros y que el porcentaje de ancianos es muchísimo menor. Pero tienen en contra su mayor virtud: el contacto humano allá es tan efusivo o más que en España. Hay que ser realistas. El virus ya está allí. Hay que tomar medidas. Que nadie espere que se pase en un mes o que por arte de magia no se expanda. Hoy sabemos que eso no es posible. Nos quedan meses y meses de parón, quizás un año. Nosotros ya estamos haciéndonos una idea. Sólo queda ser cívicos y esperar un medicamento.

Y el que sea creyente, que rece. Porque necesitaremos suerte.

*Javier Molina, Madrid. Es escritor e historiador con doctorado en la UNAM. Como periodista ha trabajado en El País, SinEmbargo, Eldiario.es, ABC, Público, Soho, Gatopardo, Letras Libres y Vice, entre otros medios. Es autor de tres novelas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: