Nicaragua, la orquesta del Titanic

Por Gabriela Selser*

Foto: Especial

A un mes y medio de haber muerto la primera persona contagiada por coronavirus en Nicaragua, el gobierno de Daniel Ortega insiste en que no decretará cuarentena. Por el contrario, tras las vacaciones de abril ordenó que 1,8 millones de estudiantes volvieran a clases y que 170.000 empleados públicos retornaran a sus labores, bajo el argumento de que “si el país se paraliza, se muere”.

Autobuses circulando normalmente, gente chapoteando en las lagunas, mercados operando con normalidad y veladas boxísticas organizadas por el gobierno, son el día a día en este país frente a una pandemia que ya comienza a pasar factura. Los datos oficiales hablan de cuatro muertos y 14 contagiados, pero organismos independientes duplican la cifra de fallecidos y suman más de 400 casos positivos de Covid-19.

El gobierno ha desautorizado al Observatorio Ciudadano, una red de monitoreo integrada por especialistas médicos independientes y activistas  sociales que advierten que el estallido “está a la vuelta de la esquina”. Gracias a sus advertencias en las redes sociales es que miles de personas han optado por la auto-cuarentena, sin más protección que la de sus propias familias.

Ortega alega que la economía de Nicaragua depende del trabajo informal, es decir, de cientos de miles de agricultores, dueños de pequeñas empresas y vendedores ambulantes, quienes “no pueden quedarse en su casa”. Desde su encierro en el supervigilado reparto El Carmen de Managua, donde pasa la cuarentena con su mujer y vicepresidenta, Rosario Murillo, y todos sus hijos, nueras y nietos, el ex guerrillero de 74 años retuerce los protocolos de la Organización Mundial de la Salud y acusa a la oposición de pretender “un nuevo golpe de Estado”. “Los que ahora andan con ese discursito (“Quedate en casa”) son los mismos que quisieron destruir el país en 2018”, dijo el pasado jueves en una comparecencia por televisión, aludiendo a las protestas sociales que lo pusieron en jaque hace dos años.

Como parte de su incomprensible campaña que expone al contagio masivo, el gobierno organizó entre marzo y abril 81 marchas, carnavales, festivales de playa y procesiones religiosas, a las que asistieron miles de activistas sandinistas. No obstante, según la Cámara de Turismo, la actividad en el sector cayó en un 70% en ese período, debido a que la mayoría de la gente prefirió encerrarse y los extranjeros fueron evacuados en vuelos fletados desde Europa y Estados Unidos.

Miles más también han decidido no enviar a sus hijos a la escuela, desafiando las órdenes del Ministerio de Educación que envía a los maestros a realizar visitas casa por casa para amenazar con la expulsión a los alumnos que falten a clase. “En Nicaragua no tenemos coronavirus, todo es una campaña de los golpistas”, escriben los activistas del gobierno en las redes sociales.

Así estamos. Como en aquella escena surrealista de “Titanic”, en la que un grupo de músicos tocaba sin cesar sus violines para que los pasajeros olvidaran que el barco había chocado contra un iceberg

Una de las calles de la ciudad turística de Granada, sin visitantes. Foto: Johnny Cajina

Así estamos. Como en aquella escena surrealista de “Titanic”, en la que un grupo de músicos con smoking tocaban sin cesar sus violines para que los pasajeros olvidaran que el barco había chocado contra un iceberg y avanzaba inexorablemente hacia su hundimiento en las aguas gélidas del Atlántico.

“Nicaragua es como la orquesta del Titanic. Mientras el mundo se derrumba alrededor, allí se insiste en que no hay problema”, dijo el comentarista deportivo uruguayo Bernardo Pilatti, al comentar desde Miami la insólita velada de boxeo que el gobierno de Managua promovió el 25 de abril, con boxeadores casi desconocidos, entradas regaladas y que fue transmitida en vivo por un programa de la cadena deportiva ESPN.

“Mientras todo el deporte está bajo cuarentena, el boxeo se sumó al peor oportunismo político para vender una cartelera a contramano de la realidad, donde se abusó de la necesidad económica de boxeadores humildes, llevados al ruedo como carne de cañón, para promover un evento propagandístico, desatinado y totalmente irracional, donde lo menos importante fue el boxeo”, dijo Pilatti.

Nadie se atreve a confirmar si el programa Knock Out-ESPN pagó a Nicaragua por los derechos de retransmisión de la velada o si fue el gobierno de Ortega el que pagó a la cadena por difundir lo que sucedía “en el único gimnasio abierto en todo el mundo”, como me dijo el ex bicampeón mundial Rosendo Álvarez, cuya promotora Bufalo Boxing organizó la jornada.

También es imposible no recordar a aquellos músicos de smoking negro tocando sus violines sobre la cubierta del Titanic, cuando el Ministerio de Salud brinda sus escuetos reportes matutinos y asegura que “no tenemos transmisión comunitaria, gracias a dios”. O cuando en otros informes, la misma entidad revela que la neumonía mató en estos dos meses a 66 personas y enfermó a más de 22.000. Muchos se preguntan cuántos de esos pacientes en realidad contrajeron el coronavirus.

El gobierno ha centralizado el manejo de la pandemia, de la misma forma que acapara desde hace 14 años la información pública. Al sacerdote Rolando Álvarez, obispo del departamento de Matagalpa (norte), se le prohibió instalar unas clínicas móviles y un call center para monitorear casos de coronavirus. Y al hospital Vivian Pellas, uno de los centros privados más importantes del país, la aduana le retuvo un lote de pruebas rápidas que habían importado para apoyar la detección de casos de Covid-19.

“Procesión de los Encadenados”, el 10 de abril en la ciudad de Masatepe . Fotografía: Alfredo Zuniga

Las autoridades tampoco informan sobre el destino de las 26.000 pruebas rápidas donadas por Corea del Sur, en medio de los reclamos de los médicos que preguntan por qué sólo se toman 50 muestras por día, cuando deberían tomarse por lo menos 2.000. A médicos y directores de hospitales que han revelado casos de coronavirus los han amenazado y despedido, mientras trabajadores de la salud comenzaron a demandar públicamente equipos de protección personal tan básicos como mascarillas, guantes, trajes y zapatos de tela.

“Estamos por entrar a la guerra, a la primera línea de fuego, y no tenemos armas”, expresó con lágrimas en los ojos la doctora Verónica Avilés, una cirujana mastóloga, mientras me mostraba en su celular las fotos de varios médicos y enfermeras mexicanos, algunos de ellos amigos suyos, fallecidos por coronavirus.

Los especialistas afirman que la estrategia de Daniel Ortega es similar a la de su colega brasileño, Jair Bolsonaro, que minimizó la pandemia y supeditó la vida de su gente al interés económico del país. A la vuelta de tres meses, Brasil suma 6.330 muertos y 91.590 contagiados por el coronavirus. Y siguen cavando más fosas.

*Gabriela Selser es periodista argentina-nicaragüense. Escribe desde Managua para la televisora alemana Deutsche Welle y la agencia internacional de noticias Associated Press (AP) y es secretaria de la Junta Directiva de PEN Internacional/Nicaragua.

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