En cuarentena desde hace dos años

Por Nadine Lacayo*

La autora de este texto en su casa. Foto: cortesía Nadine Lacayo

No es solamente de la cuarenta mundial de lo que quiero escribir y compartir con Diarios de Covid-19, sino también de la peste que sufre Nicaragua desde la rebelión de abril de 2018, hace dos años ya, por los horrores que siguen aconteciendo aquí. El Covid-19, con todo el drama y el miedo que cobija al mundo, solo vino a sumarse a la tragedia que ya vivíamos y, en consecuencia, el hedor a muerte se ha hecho más intenso, igual que la cárcel, la persecución y el masivo exilio. Ahora se suman más muertos, el hambre se extiende y la represión que no se ha detenido ni un solo día. El virus insaciable de poder y de locura del régimen autoritario que impera aquí ya había sumido a Nicaragua en una crisis política, económica y social, de graves consecuencias.

En lo personal, mi encierro en mi casa en Managua no es absoluto en términos mentales ni físicos. A veces, aunque puntualmente, debo salir por víveres u otras urgencias domésticas. Pero en estos días de soledad es poco lo que de “afuera” puedo decir que extrañe o me haga falta. O, mejor dicho, en mi confinamiento, extraño lo que siempre he extrañado: la libertad plena y la justicia en Nicaragua. También extraño a mis hijos y a mis nietos que viven fuera de este país en el que nacieron. Extraño las carcajadas de mis amigas y a tres de ellas que han muerto por distintos motivos durante estos dos últimos años.

Además, por este tiempo de abril –caliente como el demonio–, extraño ver los hermosos y amarillos árboles corteses al pasar por la carretera que conduce a Chontales o Chinandega. Me hace falta terriblemente la lluvia que aún no se suelta tumultuosa sobre estas tierras de temperaturas infernales. Echo de menos los aguacates que este año no nacieron porque el viento fogoso arrasó con las flores de ese árbol generoso de mi patio. Me hace falta mi gato Sócrates a quien después de 18 años de compañía enterré en mi jardín el 19 de marzo, y también Carmelo, el perro “zaguate” que dejó mi hija Ana a mi cuidado antes de irse a Ámsterdam y que tuve que dormir en medio de la pandemia porque ya sufría en su senectud.

Del mundo en general no extraño nada, excepto los tulipanes de Holanda

Luego de comunicarme casi a diario con mis hijos y con su padre, leo y escribo un rato y me lleno el día con labores domésticas: riego las plantas muy de mañana; al caer la noche persigo a los zompopos -hormigas de cabeza grande que devoran las hojas por las noches- que son los principales enemigos de mis cítricos; hago mi propio yogur casero y mi cereal con granos y semillas; doy de comer a Xica y a Shagua -las perras que son madre e hija- y, después que almorzamos vemos juntas un rato las noticias. Y también trapeo, limpio, ordeno; en fin, me ocupo de todas esas cosas comunes y corrientes que alguien como yo, que vive sola, debe asegurarse. No es verdad, al menos en mi caso, que ahora con esta cuarentena cuente con nuevas horas de ocio.

Del mundo en general no extraño nada, excepto los tulipanes de Holanda que vería en este mayo en mi viaje a ese país, planeado desde enero, pero súbitamente suspendido.

¿Qué más extraño? El mar, que está a una hora y media de Managua, una butaca en el cine frente a una película buena, algún recital de poesía que no sea en un video, a la muchacha del salón de belleza que me cortaba el cabello con frecuencia, a amigos y amigas que me visitaban; eso y otras pequeñas cosas son las que más extraño. Después, nada, a lo sumo la bullaranga del mundo y, ya lo dije, a los tulipanes.

En cierto modo me siento una confinada privilegiada y, aunque no evado la angustia y la incertidumbre que vivimos en todo el mundo como nunca antes como en estos días de encierro, saboreo las cosas sencillas que me rodean: mi música, mis libros, mi jardín que es hermoso, el par de perras bóxer que no sé qué haría sin ellas y ellas sin mí. Todas las mañanas me asomo al cielo a respirar y en la noche observo un rato las estrellas igual que cuando era niña. Y, lo más importante, al final de la tarde me comunico por WhatsApp o por teléfono con mi red de amigos y amigas para desafiar con la risa y el cruce de memes el tedio y la tristeza de este país y del mundo. Si no fuera por la mascarilla y el uso intensivo de alcohol y desinfectante que estoy utilizando, en mi caso no puedo establecer una gran diferencia entre el estilo de vida que llevaba antes de la pandemia y el que llevo ahora. Desde aquel abril del 2018 –en parte por la represión que convirtió las calles con sus hordas armadas en espacios peligrosos–, se acentuaron mis tendencias de ermitaña.

Me refiero, particularmente, al “aislamiento en casa” que, dicho sea de paso, en el caso de Nicaragua es absolutamente voluntario. Al igual que yo, un alto porcentaje de la población optó con mayor rigurosidad desde mediados de marzo por “aislarse” y, los que no, tuvieron y tienen la necesidad de salir con su mascarilla hechiza o sin nada a trabajar a sus oficinas, negocios o a vender cualquier cosa en la calle; es decir, salen a “rebuscarse la vida”.

Este “quédate en casa” que asumimos la mayoría de los nicas se debe a la información que gran parte de la población obtuvo por las redes sociales, algunos pocos noticieros que son independientes del gobierno y los medios internacionales que nos llegan por la televisión. El confinamiento no emanó del gobierno, ni siquiera en forma de consejo o de una leve insinuación. Por el contrario, el régimen ha promovido actividades masivas de distinto tipo que me abstengo de describir ya que son mundialmente conocidas, incluso por la OMS.

Si lo desean, los lectores y lectoras de Diarios de Covid-19 podrán ver y comprobar estas noticias en la web ya que es difícil, muy difícil de creer que un gobierno niegue absolutamente lo que ocurre y politice hasta una letal pandemia, alterando y ocultando la información sobre los contagios y las víctimas fatales. Aunque, debo decirlo, en este día en que les escribo, parece que el régimen comienza a reaccionar y, aunque con timidez, al fin orientan a los empleados públicos a ponerse mascarillas, y la alcaldía de Managua mandó a desinfectar todos los mercados. Espero que no sea tarde o tan tarde.

Pero al final de cuentas, en medio de las nubes negras que nos franquean, he aprendido algo que todos los días compruebo y es que, a pesar de todo lo que ocurre, la vida siempre se abre camino. A pesar de que la muerte y el hambre rondan en el mundo y que una sombra oscura aún envuelve a Nicaragua, los lirios de mi jardín vuelven a amanecer entre la maleza descuidada del enjambre de mis sábilas.

*Socióloga y escritora (Granada, Nicaragua, 1956), autora del libro Polvo en el viento (2017), una estremecedora historia de amor durante la insurrección armada que llevó al triunfo de la revolución sandinista en 1979. Ha publicado además Flores y gatos (2005), A cielo abierto (2012), Ella ya es toda una señorita (2014) y otros cuentos publicados en revistas y periódicos. Facebook: Nadine Lacayo Renner

2 comentarios sobre “En cuarentena desde hace dos años

  1. Bello y unico. Realista, con lectura de un diario, que no siempre apreciamos, y esta vez, con un contexto local sumamente agravante.

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