Poetas en cuarentena

Entrevista con Francisco Hernández, entre Jamlet y una larga pena:

“De pronto, un cerdo se convirtió en mi alter ego”

Por Irene Selser*

Foto: Gobierno de México.

La pandemia no ha sido un impedimento para que Francisco Hernández siga siendo fiel a sus dos grandes amores: la poesía y la curadora Leticia Arróniz. Precisamente a ella, el poeta veracruzano nacido en San Andrés Tuxtla (1946), pero avecindado desde joven en la Ciudad de México, le dedica su poemario, ¿Cerdo o no ser? (Más textos relegados a un segundo plano), una sobria edición del Fondo Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro (2021). A este volumen acaba de sumarse otro, el libro arte Breves sentencias para una larga pena, una selección de versos extraídos de sus diversos poemarios a cargo de Ervey Castillo, con prólogo de Jorge Esquinca (Casalia Ediciones). Con un tiraje reducido y ejemplares numerados y elaborados a mano, la obra, afirma Esquinca, “recoge frases que son ráfagas que son imágenes que son sentencias, a través de la cuales se hace visible, como en un amplio espectro, el ‘diario invento’ de Francisco Hernández y nos entrega un concentrado de su particularísima residencia en la tierra”. Añade el también poeta Esquinca: “Breves sentencias para una larga pena es un espejo roto en prodigiosos fragmentos de esa extraña sabiduría que se deslíe sin imponerse en la obra de Hernández. En cada una de sus páginas acecha, agazapada, una cabeza de Hidra, su dentellada puede conducirnos al abismo o la iluminación, esa otra sima”.

Francisco Hernández es autor de casi una treintena de poemarios y merecedor de los más importantes galardones, como el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes (1982), Premio Carlos Pellicer por Obra publicada (1993), Premio Xavier Villaurrutia (1994), Premio Jaime Sabines (2005), Premio Mazatlán de Literatura, Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde y Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura otorgado por la Secretaría de Educación Pública (SEP, 2012), entre otros.

Entrevistado por Diarios de Covid-19 en su departamento de la colonia Roma a propósito de su nueva producción, el también autor de los emblemáticos Odioso caballo – O Dios o caballo, La isla de las breves ausencias, Población de la Máscara y Mal de Graves, todos ellos bajo el sello Almadía, nos dijo que, en el caso de ¿Cerdo o no ser?, todo empezó un día cuando, en vísperas del covid, encontró juntos en la mesa de una librería la novela del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo y Rebelión en la granja, de George Orwell. Los compró por miedo a no tenerlos en su biblioteca, y regresó a la casa pensando qué pasaría si escribía un texto donde los protagonistas fueran cerdos. “Y sí, llegué a hojear los libros y se me empezó a ocurrir cuál podía ser la historia, qué iban a hacer ellos”.

Sin perder la lealtad a los temas que han definido su estilo: la futilidad de la existencia, más cerca de la muerte que de la vida, tierna y patética a la vez como el humor del veracruzano, este equilibrista de la luz y las sombras dice haber encontrado en Jamlet, el protagonista de su propia granja poética, a su “alter ego porcino”. Y es que, gracias a la virtud juguetona de las palabras con que el malabarista Hernández construye su universo de sentidos, Hamlet, el desdichado príncipe de Dinamarca, renace por la gracia de la creación en el reflexivo Jamlet (por jamón en inglés).

“Fue casi un proceso natural que el poemario se fuera contando a través de Jamlet, nostálgico del mar al que nunca conocerá y consciente, como pocos cerdos lo son, de su fatal destino a manos del cuchillo del matarife”, afirma.

Al igual que en Shakespeare, el Jamlet de Francisco Hernández –Creador Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte– tiene una novia y una mamá, además del fantasma del padre Espectro y otros chanchos como Jamona, su hija Gula, y Libra y Libro -«que nació con algunas páginas en blanco-«, el Cerdo Marinero, la persa Babirusa y el pronto difunto Masterpig, cuyos captores «le cortaron la lengua, / pero sus ojos saltones narraban, incansables, / la furia y el horror padecidos / hasta el último instante». Naturalmente, la novia de Jamlet es Ofelia, quien a lo largo del libro juega siempre con la idea del suicidio, y su madre es Gertrudis, con una vida tan trágica como la de todos los personajes del dramaturgo y poeta inglés.

¿Te volviste un experto en Shakespeare?

Más bien me volví un experto en el mundo de los cerdos. Mi hijo Edgar me envió desde Estados Unidos una enciclopedia con el título Pigs, con una variedad de fotografías y de imágenes que ayudaron mucho en la descripción.

Hay un poema a un cerdo que se llama Borneo, como si fuera un guiño a tu propia obra…

Bueno, yo no lo sabía, pero resulta que Borneo es una especie de cerdo originaria de esa isla donde se sitúa mi libro Cuaderno de Borneo, en homenaje al poeta Georg Trakl, quien decía que “todos los caminos conducen a la putrefacción”. Así, las coincidencias fueron apareciendo, como suele ocurrirme cuando escribo un libro, además de la magia increíble de las palabras cuando una referencia te va llevando a otra sin quererlo.

De hecho, Jamlet se mimetiza con Calderón de la Barca.

Sí, así termina el libro. Le cambié el final para que no fuera tan trágico. Originalmente, era un poema donde se contaba del Jamlet capturado que iba a ser transportado por los sicarios, en este caso los matarifes, los carniceros que se lo llevaban para destazarlo. Pero a Leticia no le pareció, no le gustó. Entonces me dijo que por qué no buscaba otro final. Y empecé a pensar cómo modificarlo y me acordé de De la Barca. Jamlet se hizo eco: “Que toda la vida es sueño y los sueños cerdos son”.

¿Podría decirse que este es tu primer bestiario?

Creo que sí, y recordé inmediatamente a Eduardo Elizalde y su tigre “en la casa que desgarra por dentro al que lo mira”; un animal mítico, el tigre, tan distante del cerdo, por ejemplo. Pero bueno, así se dan las cosas.

Muerte y duelo en Hamlet, muerte y duelo en ¿Cerdo o no ser?, en medio de la luctuosa pandemia por Covid-19…

En efecto, la trágica vida del príncipe tan cercano al destino de los cerdos y la pandemia como un manto de muerte por todos lados… Involuntariamente, la muerte se metió también en los versos. Todo se conecta con esa maravilla que suelen ser la poesía o la casualidad, o ambas a la vez.

¿Jamlet es tu alter ego?

Pues sí, creo que inevitablemente uno se conecta con la voz que va guiando el orden del libro y va nombrando a los otros. Lo que no sé es por qué diablos se me apareció el compositor italiano Antonio Salieri en el poemario; un Salieri porcino que habita en la granja del libro y que es sinónimo del envidioso, como en la película Amadeus: «Sal, Salieri, sal. / Sal y busca esa envidia / cegadora y quemante / que a diario confundes / con el sol». Aunque tal vez, yo sea el alter ego de Jamlet, que en el poema 7, cita una placa metálica en honor de un cerdo filósofo con túnica y corona de laurel, en el centro de una plaza recién inaugurada, que bien podría ser él mismo: «Al cochino poestastro que todos llevamos dentro«.

Ahí está tu humor irredento, como cuando escribes: «No por mucho madrugar / se amanece más marrano».

Sí, y el primer sorprendido resulta ser uno, ¿verdad? El poema me brotó de golpe y dije, “bueno, aquí vamos a recomponer un viejo dicho popular y también a Salieri”. Ocurrió lo mismo en el caso de las cerdas, una de ellas Esmirna, una ciudad de Turquía, pero también una compañerita de la escuela primaria.

¿Te divertiste con el libro pese a su condición dramática?

Claro, me dio mucho gusto que a mi edad aún tenga yo sentido del humor para escribir este libro y que encuentre quien quiera publicarlo. Por eso, agradezco mucho a la Universidad de Querétaro al haberse interesado en la obra, eso también es una fortuna.

¿Leticia Arróniz es tu principal lectora, tu ojo crítico?

Sí, yo sé que ella no se va a quedar callada cuando hay algo que no le parece y me lo dice. Sus criterios siempre son acertados. A veces le doy a leer algún texto como avance de un libro, pero luego los lee completos una vez terminados. Y si algo no le gusta, le hago caso.

La segunda parte de ¿Cerdo o no ser? está compuesta por otros textos y poemas. ¿Los escribiste en paralelo o ya existían?

Estaban en lista de espera. Me acuerdo que los empecé a escribir cuando estuve hospitalizado hace tres años y ahí me dije: “Bueno, ¿qué hago?”. Entonces se me fueron apareciendo algunos de los poemas, como el dedicado a mi nieta Sofía, “Billboard”. Ese fue uno de los primeros que hice estando internado, y que finalmente se integró a la segunda parte de este libro. No tiene conexión entre sí, pero me dio mucho gusto incluirlos en esa segunda parte, creo que se complementan muy bien.

¿Te sorprendió Ervey Castillo, poeta y traductor, al seleccionar versos sueltos de tus distintos libros y convertirlos en esta belleza editorial que es Breves sentencias para una larga pena?

Me sorprendió, no me lo espersaba y me causó una gran alegría. Son fragmentos de mis poemas agrupados según los diferentes libros y el resultado al leerlos por separado, casi como si no fueran míos, fue de alguna manera sorprendente. Estoy muy agradecido.

¿Otro libro en puerta aprovechando el encierro? Si hasta internado en un hospital escribes…

Pues, sí [risas]. Mira, como no he hallado después de Jamlet una historia para relatar, empecé a escribir un Diario, porque mi hijo Omar me regaló una libreta y unos plumones, y me dijo: “Para que lleves un Diario, por si no se te ocurre nada”. Entonces es lo que he estado haciendo este año, como dicen en el béisbol, “calentando el brazo”.

¿Alguna pista? Al menos, en medio de la pandemia, tienes un gran ventanal que da a un parque.  

Bueno, desde esta ventana y debido a que en la banca de enfrente casi todos los días hay algún homless -los sin techo, como se les llama en el español de México a quienes no tienen un techo para ir a dormir-, los he estado observando. Se quedan sentados en el parque una semana y se van y viene otro… Se acuestan y se levantan y hacen todo lo que les da la gana, y nadie les dice nada. Todo eso lo he empezado a escribir en el Diario, en especial sobre uno de ellos que ya me tenía harto con lo que hacía a cada rato con su mano, y yo me decía “cuándo se irá”. Hasta que una vecina le habló a una patrulla y vinieron por él. Lo perdí de vista unos días, pero al parecer ya regresó.

¿Atentaba el hombre con sus urgentes prácticas contra la urbanidad y las buenas maneras, como diría Carreño en su Manual?

Ándale, así, exactamente…

O sea, ¿la pandemia te volvió voyerista?

Totalmente, de manera fija, persistente. Jamás me había detenido a observar durante todo el día lo que ocurre a través de mi ventana.

Entonces, ¿tal vez el próximo libro se titule Diario de Jamlet a Homless?

¡Es cierto! [risas]. Ves, ahí ya están de nuevo las conexiones, tú lo sabes bien.

Foto: Irene Selser

Del libro ¿Cerdo o no ser? (Más textos relegados a un segundo plano)

1

En el principio fue el cerdo.
Después, hacer de la tierra su pocilga
le correspondió al hombre.

6

El que con puercos anda
a hozar se enseña.

15

Dice mi madre:
“Tu padre es invisible, no intocable.
Búscalo. Y si lo encuentras, abrázalo.
Recuerda que el odio a lo paterno
también proviene del amor”.

23

Sus hermanos le pusieron Venecia
porque al atardecer, en sus paseos ribereños,
proyecta la sombra de una góndola”.

24

Macho cojitranco, Diosduro
se las arregla para ser veloz.
Y es duro, duro como un Dios.

31

“No es difícil sentir cómo hierve la sangre”, dice el Espectro.
Lo terrible es percibir cómo hormiguean nuestras venas,
ante la desgracia inevitable.

34

Sal, Salieri, sal.
Sal y busca esa envidia
cegadora y quemante
que a diario confundes
con el sol.

35

¿Son acaso los nuevos dueños
de la tierra?
Se les llama sicarios, matarifes,
guaruras, traficantes de mierda,
narcos o inmundos asesinos.
Nosotros somos simplemente puercos,
cerdos, cochinos, chanchos,
verracos o gorrinos
cuya vida alcanza su plenitud
en una paila o engrandeciendo
un sagrado expendio de carnitas.

Del libro Breve sentencias para una larga pena

«El camino es la sombra del poeta.»

«Montada sobre mí crece tu ausencia.»

«Me resisto a cerrar los ojos, aunque sé que es la mejor forma de contemplarte.»

«No por mucho deprimirse amanece más temprano.»

«Sin naufragios la existencia carece de sentido.»

«Solo con medio cerebro se recuerda. La otra mitad no duele.»

«Un pezón, a la distancia, es una isla. Después de acariciarlo es un volcán.»

*Editora de Diarios de Covid-19, periodista, traductora y poeta. FB. Irene Selser. Diariosdecovid@gmail.com, edita.express@yahoo.com

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