Escritura

Irene Selser*

                                                                                  Siempre, en el fondo de todo hay un jardín.

Olga Orozco

En Vauville, algún lugar de Mancha en Normandía

crece el fabuloso rosal de L’Homme Atlantique,

muerto de muchas muertes como Marguerite Duras,

la bella jovencita de Indochina.

“Escribe, no hagas nada más”, le aconseja un amigo

y ella hace de su casa escritura,

ciruelos, manzanos, un sauce,

la luz del jardín reflejada en el estanque

y una ventana determinada,

una mesa determinada

donde asumir los libros o la muerte.

Agua de vida la botella de whisky y un miedo aterrador

como el de la mosca atrapada en la pared de su sala.

[A las tres con veintipico murió la mosca

presa del miedo más atroz,

el miedo del insecto a conocer su verdad.]

Marguerite bebe para olvidarse de los espejos

y se tapa la cara con la manta.

De pronto se levanta,

la vemos poner el cuerpo en la escritura -alaridos-

y la casa escribe con ella lejos de la triste infancia

en la desembocadura del río Saigón.

El dolor llena las páginas en blanco,

pero un libro concluido también es la noche,

pronuncia Marguerite

y no sabe por qué estas palabras

la hacen llorar.

*Periodista y editora, miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (AMETLI). El poema figura en el libro Patria de náufragos (Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2019). Editora de Diarios de Covid-19, diariosdecovid@gmail.com y Edita.Express / edición de textos, edita.express@yahoo.com. FB: Irene Selser /  IG: @ireneselser  

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