El poder de la corona

Por Ester Abreu Vieira de Oliveira*

Foto por CDC on Pexels.com

La palabra corona, del latín, raíz del griego korone, tiene varias implicaciones. En su origen designa un círculo, rueda, una guirnalda de flores. Sin embargo, pasó a indicar la corona de los reyes y también el coro de la danza y canto en el teatro, por su disposición circular o en un semicírculo.

En cuanto al significado simbólico, por estar la corona ubicada en la parte superior de la cabeza, remite a la idea de elevación y de iluminación, que se relaciona ya sea con la claridad del saber, ya sea con el brillo procedente de las piedras preciosas que muchas de ellas ostenta(ba)n. De ahí ocurre que, en arquitectura, se llame corona a un ornato en lo alto de un edificio. También, por su uso siempre en una posición elevada, la corona simboliza superioridad, gloria, distinción, victorias valorizando, así, a quien la usa. Pero, paradójicamente, la corona puede simbolizar humildad, pues mientras el cuerpo se curva la cabeza se inclina. 

La forma circular característica de la corona indica perfección y una unión con lo divino, simbolizando una especie de conexión entre lo terrenal y lo celestial, lo humano y lo divino. De ahí que muchos reyes son considerados hijos de Dios. También en una justificación de legitimidad de autoridad monárquica, su derecho de gobernar es derivado de la voluntad divina, y no de cualquier autoridad temporal, ni de la voluntad de sus súbditos. Su poder es supremo.

La corona, incluso, representa la inmortalidad y la preservación de la memoria de alguien que practicó un acto heroico, como recompensa de su hecho. Es una costumbre registrada en la antigua Grecia y en Roma, donde, durante un sacrificio, se coronaba tanto al sacrificado cuanto al sacrificador para aproximarlos a los dioses.

La corona puede ser también un procedimiento dentario, que en su estructura imitará el dente natural. En la astrología la corona es un círculo alrededor de un astro; en la botánica, es el conjunto de apéndices en la corola o base de algunas flores. En la medicina, la palabra sirve para designar el virus de RNA, propenso a sufrir mutación genética, que recuerda la forma de una corona y es causa común de infecciones respiratorias livianas o moderadas. Puede llegar, no obstante, a provocar neumonías graves, con un síndrome respiratorio extremamente agudo. En ese caso, como ocurre en las indicaciones de nombres científicos, el virus recibirá su nombre latino “corona”.

Los coronavirus son conocidos desde mediados de los años de 1960. Pero aquél que generó la pandemia en diciembre de este año y se expande por los diversos países del globo, el Covid-19, reina en el mundo afirmando el significado latino de corona: dominio, superioridad y victorias, como un oxímoron del poder.

Universal, en la simbología circular de un oroboros, entra en la familia durante las medidas de “cuarentena” tomadas por el gobierno, ejerciendo en ella un proceso de alejamiento y acercamiento: estamos juntos en casa, aunque sin abrazos y acercamientos.            

Si, por un lado, las personas buscan estar distanciadas a dos metros del otro, la presencia de los familiares en la residencia los acerca y los lleva a preocuparse con las medidas preventivas recomendadas de higiene (lavar las manos con jabón, cubrir la boca al toser, mantenerse alejada de otras personas) y obedecer a las normas de autoridades de restricciones de viajes, de cuarentenas, de toques de queda, de controles de riesgo en el local de trabajo y de cierres de instalaciones; por otro lado, esta pandemia llevó a una grave ruptura socioeconómica global y a un gran número de fallecimientos e infestaciones que nos recuerdan otras calamidades sociales y económicas, que la Historia nos transmite. Entre ellas la “peste antonina” que se extendió por el mundo romano de 165 a 180 provocando fiebre, erupción cutánea y diarrea, matando a dos mil personas por día. La “peste bubónica” que azotó Europa y se difundió por otros continentes: en el siglo VI, con más de veinticinco millones de muertos y, en el XIV, con cincuenta millones, en Europa y Asia. En el siglo XIX, la pandemia del cólera, por contaminación del agua o alimentos contaminados, llevó a uno millón de muertos y, a finales del XIX y principio del XX, la tuberculosis, enfermedad pulmonar, llevó a óbito a un billón de fallecimientos. La gripe española, que recibió este nombre en virtud de la gran visibilidad que le fue dada por la prensa de España y la muerte del rey Alfonso XIII y que parece tener su origen en los Estados Unidos, llevó a la muerte a más de cincuenta millones de personas de 1918 a 1920 y un fuerte golpe económico. Y ahora con el Covid-19 otra epidemia atemoriza al mundo que soñamos resistente y bello.

Borges en la conclusión de “Avatares de la tortuga”, en Discusión (1932), puede ayudarnos a comprender el momento que el universo vive ahora: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo, pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”.

*Ester Abreu Vieira de Oliveira nació en Muqui, Espíritu Santo, Brasil (1933-) es presidenta de la Academia Espírito-santense de Letras, profesora emérita de la Universidad Federal do Espírito Santo (UFES), con especialidad en teatro, poesía y narrativa de la literatura brasileña e hispánica. Escritora y con una variada gama de publicaciones en traducción, poesía, ensayo, memoria, crónicas y obras de tipo infantil y didáctico, es también doctora en Letras Neolatinas (UFRJ) y pos doctora en Filología Española (UNED, Madrid), entre otros títulos y reconocimientos.

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