RELATOS VIRALES / Cosas de la Luna

Ahora que tenemos más tiempo para alzar la vista al cielo y recordar que aún existe el firmamento, cabe dejarse envolver en el dulce aliento de la noche cuando la vida aún sabía a fresco de guayaba…

Por Luis Enrique Mejía Godoy*

Foto: Luis Barrón

1

Dios, arquitecto de sueños, espejos y laberintos, nos invita a los poetas a soñar o reinventar que la Luna es un barrilete con el rostro de una mariposa, un jaguar, o algo así como una canción para vencer el tedio. O una inmensa aspirina para quitarnos la resaca de un desamor, por ejemplo…

2

Alunizo en tu pecho. Navego en la tranquilidad del mar de tus ojos. Se llenan mis sentidos de diminutos cristales de colores. El dulce aliento de la noche me sabe a fresco de guayaba. La Luna se derrama sobre el patio como un bolero.

3

Ahora estoy claro. Treinta años después lo entiendo y se me paran los pelos. Aquella Luna de diciembre de la Managua del setenta y dos se hizo añicos entre las ruinas de la ciudad desaparecida. Nunca más tendremos una Luna tan hermosa como la que se apagó para siempre un veintidós de diciembre. Desde entonces, una ciudad llena de sombras y miseria duerme bajo una horrible luz de neón.

4

He visto la Luna llena en Japón, roja, como el sol de su bandera. Y en Holanda, rielando sobre los canales de Ámsterdam. La he visto en Nueva York y Ciudad de México, tosiendo sobre los rascacielos. Y en Moscú, blanca y desnuda sobre la Plaza Roja. Sé que es la misma Luna de Buenos Aires, zalamera y ronroneante, como un tango de Piazzolla. Y la de Santiago de Cuba, redonda y frágil, como un plato de china. O como la Luna de Río de Janeiro en febrero, blanquísima Luna de la negra diosa Yemayá. Pero la Luna llena, sobre de los cerros de mi pueblo, es la más hermosa y distinta de todas. Luna de pobre. Inédita, como una tortilla de maíz recién echada en el comal de la noche.

5

Es una manera bonita y barata de soñar, me dijo el barbero cuando le conté que yo había bautizado a una pareja de luceros con el nombre de su hija, Ana María, al recordar sus ojos negrísimos y parpadeantes, cuando aquel día, por primera vez, me fijé en ellos al verla venir de comulgar con las manos juntas y el pechito de palomita de San Nicolás, así levantadito, un Domingo de Ramos.

6

Yo le tengo miedo a la Luna llena -me dijo Pedro el joyero. Desde que vi la película “El hombre Lobo” no hay manera que me acueste tranquilo en noches de Luna, -me confesó. Mi mujer me ha dicho que dormido, a veces me da por aullar. Y yo le creo porque en esos días amanezco ronco… Pero ya fui donde el doctor Herrera y me recetó un té de floripón, para que me distraiga el sueño…”

Pero a la mujer de Pedro, la Candelaria, lo que le quita el sueño son esas enormes uñas que a Pedro el joyero le crecen en noches de Luna llena y con las cuales le rastrilla suavemente la espalda, y ya no digamos, ese llantito, como de lobo consentido, cuando hacen el amor bajo la Luna, en medio del traspatio.

7

El único que logró tener su propia Luna en el pueblo fue Paco Loco. Que de loco no tenía nada. En su casa del cerrito, dentro de un tinajón con agua del río hasta la mitad, metió la Luna llena y tapó el tinajón con un gran guacal. Allí la guarda sólo para él y su mujer. Pero ella dice que le gusta más cuando está tiernita y sólo ve la astillita de una Luna temblorosa al fondo, donde también brillan sus ojos.

*Compositor, cantautor, narrador y pintor nicaragüense (Somoto, 1945), es uno de los más importantes músicos de Nicaragua y América Latina. Está exiliado en Costa Rica a causa de la dictadura de Daniel Ortega. El presente texto es parte de su libro Cuentos y relatos breves (Ediciones Centro Nicaragüense de Escritores, Managua).

FB / IG  luisenriquemejiagodoy.com

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