Día Mundial de la Libertad de Prensa

Foto: Markus Spiske, Pexels.com

Hipervigilancia

¿Fase 4 del coronavirus?

En unas cuantas semanas un microorganismo de origen natural, según aseguran los científicos, ha puesto de cabeza o, mejor dicho, de rodillas a la humanidad: 7.625 millones de personas en los cinco continentes que, al momento de escribir estas líneas, presienten que ya nada volverá a ser “normal”, al menos no la normalidad como la conocíamos antes de diciembre de 2019. Sociólogos como el estadunidense Jeremy Rifkin, entre otros muchos expertos, han alzado su voz para advertir que esta es una nueva llamada de alarma para transformar de manera radical el sistema de vida basado desde hace 200 años en el petróleo y en otros combustibles fósiles, y construir una nueva sociedad con modelos económicos y ecológicos más sostenibles e infraestructuras que nos permitan vivir de una manera distinta.

“Estamos ante la amenaza de una extinción, la sexta, y la gente ni siquiera lo sabe”, ha declarado Rifkin, conocido por su activismo en favor de un equilibrio con el medio ambiente y también con nuestra propia especie en el camino hacia lo que él llama la Tercera Revolución Industrial con base en la Internet, cuando más de 4.000 millones de personas estamos permanentemente conectadas. Para Rifkin, la actual pandemia puede llevar “probablemente a la transformación más trascendente de la conciencia humana en la historia”.

No obstante, y ante la comprensión de cuán frágil es el andamiaje de nuestra civilización y de nuestra existencia misma, la repentina amenaza de un microscópico pero mortífero enemigo común está obligando a los ciudadanos “a entregar sin un grito de protesta sus más ansiadas libertades, incluso, a clamar porque esas libertades sagradas sean coartadas por el bien de todos, por la salvación de la humanidad”, según afirma el escritor cubano Leonardo Padura (BBC News Mundo, 05.04-2020), autor de El hombre que amaba los perros.

Añade que, si bien a finales de 2019 ya vivíamos en un mundo distópico, alienante, “amenazado por la implosión ecológica provocada por el calentamiento global, con signos de asomarse a una nueva crisis económica, con incrementos alarmantes de todos los fundamentalismos imaginables, la xenofobia, el miedo incontrolable al terrorismo, las concentraciones de poder”, no estábamos, sin embargo, dispuestos a ceder nuestras individualidades y albedríos.

Pero, autoconfinados en estos días por las buenas o las malas para intentar salvar la vida, socializamos únicamente a través de inteligencias artificiales de celulares o computadoras, adictos como nunca antes a las redes sociales, hasta hace muy poco demonizadas por gobiernos, maestros y padres de familia. Y en medio de la desaparición de millones de empleos y la paralización que causa el miedo, virtualmente amordazados bajo las mascarillas, “alguien, como siempre, ganará algo con lo que estamos perdiendo”, añade Padura.

“Tampoco su resultado será muy democrático –enfatiza– si, como mejor remedio, todos terminan empleando los métodos chinos de vigilancia y control de los individuos, acompañados con el despojo de la esfera privada, pero al parecer eficaces para detener la propagación de enfermedades del cuerpo.”

Ciertamente, en China, el lugar donde se originó la pandemia –una más, a causa del consumo de animales silvestres– el gobierno ha recurrido a herramientas tecnológicas tan innovadoras como polémicas gracias a su efectivo sistema de control de masas, ampliado ahora con el rastreo de teléfonos para monitorear el comportamiento del virus. Otros países han comenzado a ensayar procedimientos parecidos con cámaras de reconocimiento facial que identifican la temperatura de los cuerpos y drones para asegurar que la gente cumpla las disposiciones de respetar la cuarentena.

Muchos se preguntan si, a pesar de la demostrada negligencia del gobierno de Estados Unidos para gestionar la crisis sanitaria, al punto de haberse convertido en el epicentro mundial de la pandemia de Covid-19 al reportar hasta el 2 de mayo más de 1.070.000 casos y unos 64.000 muertos por la tendencia de Donald Trump a minimizar el riesgo, como han hecho otros líderes negacionistas, la nación líder en vigilancia globalizada puede echar mano también de sus innovaciones tecnológicas para expandir los controles ciudadanos y contra los migrantes. No olvidemos lo que en 2013 puso al descubierto el ex agente de la CIA, Edward Snowden, quien hizo públicos los softwares espías utilizados por EU en aplicaciones móviles, como uno de los tantos recursos de vigilancia capitaneados por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) con apoyo voluntario o a cambio de sumas millonarias para la cesión masiva de datos de sus clientes de las más importantes empresas de tecnología, de telecomunicaciones y de Internet entre ellas Microsoft, Google, Apple, Facebook, Yahoo!, AOL, Verizon, Vodafone, Global Crossing y British Telecommunications.

Si en los últimos años la libertad de prensa y de expresión como derecho inalienable de los ciudadanos se ha visto afectada en muchos países de la mano de la vigilancia digital, el asesinato desenfrenado de periodistas, la capacidad de los gobiernos para almacenar datos y las presiones políticas y comerciales indirectas sobre los medios de difusión, el escenario pos pandemia que se avizora puede constreñir aún más las prácticas informativas así como la privacidad misma de las poblaciones, inermes ante un virus tanto como frente a la incapacidad de la mayoría de los Estados para contenerlo.

La Redacción

Carne de cañón

Por Adriana Esthela Flores

En una dolorosa ironía, justo en los días previos a la conmemoración del Día Mundial de la Libertad de Prensa, murieron tres periodistas en México debido al Covid-19.
El 25 de abril, la periodista Martha Caballero Collí, de 43 años, murió en Quintana Roo tras varios días de estar hospitalizada. Ella trabajaba en la Dirección de Comunicación Social del municipio de Solidaridad y antes de fallecer dejó una carta en la que responsabilizó al director de comunicación social, Román Nahúm, de negligencia laboral por no haberle permitido trabajar desde su casa para evitar el riesgo de contagio.

Tres días después murió Alejandro Cedillo Cano, editor de la sección Metrópoli del diario La Crónica, de la Ciudad de México. El director del diario, Francisco Báez, dio así la noticia a través de sus redes sociales: “Alejandro era un periodista dedicado, un magnífico compañero y, sobre todo, una gran persona. Descanse en paz”.

El 1 de mayo, el Covid-19 se llevó al colega Miguel Ángel García Tapia, quien trabajaba en Comunicación Social del ayuntamiento de Cuernavaca y publicaba en diversos medios del estado de Morelos. Sobre su muerte, la Red de Mujeres Periodistas de Morelos publicó una carta dirigida al secretario de Salud, Marco Antonio Cantú, en la que le plantearon reforzar los controles sanitarios y garantizar la atención de quienes laboran en los medios de comunicación.

“Ninguna medida de seguridad sanitaria debe soslayarse para evitar contagios. El trabajo periodístico es importante para mantener informada a la sociedad en torno al desarrollo de la pandemia, es por ello que también requerimos que en las conferencias virtuales se definan los mecanismos para realizar preguntas y se garantice la equidad e igualdad para las personas del gremio que participen”, expusieron.

Es relevante que en dos de estos fallecimientos se haya cuestionado las condiciones en las que los colegas realizaban su trabajo, pues informar en medio de una pandemia como la que enfrentamos no es cuestión menor y demuestra, con una crudeza mayúscula, la situación de precariedad laboral en la que se encuentran muchos periodistas en México.

Una primera evidencia la dio el director de Prestaciones Económicas y Sociales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Mauricio Hernández, cuando pidió, durante la conferencia de prensa “nocturnera” del 25 de marzo, que levantaran la mano aquellos periodistas con seguridad social. Se sorprendió con las pocas manos alzadas: “Uy, casi 30 por ciento nada más”. Y al finalizar su exposición sobre permisos especiales para asegurados del IMSS, lanzó un consejo que sonó más bien a exigencia: “¡Reclamen su seguridad social porque el periodismo es una ocupación de riesgo, ustedes están en sitios concurridos, entonces por favor háganlo, por lo menos que les den un seguro facultativo!”.

Según cifras oficiales, en México hay por lo menos 22 mil periodistas que no tienen ningún esquema de seguridad social. Y muchas de ellas y ellos están en la calle cubriendo las historias del Covid-19 sin más protección que la que ellxs mismxs se procuran, aplicando protocolos de seguridad sanitaria de facto, de lo que han aprendido en su cobertura de campo.

Hay empresas que aprovechan esa pasión por el oficio de informar para enviar a reporteras y reporteros a coberturas de riesgo sin proporcionarles dispositivos de seguridad (lentes, mascarillas, gel antibacterial), ni aplicar ningún protocolo de actuación en caso de posible contagio. Tampoco les proporcionan seguro de gastos médicos mayores, ni medidas de contención psicológico emocional, ni otras acciones que mitiguen tanto los riesgos como el impacto.

Además, hay colegas que tienen que acudir a las conferencias de prensa gubernamentales en todo el país, incluidas las que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador y el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell en Palacio Nacional, porque desde las direcciones editoriales les advierten que, de no hacerlo, podrían perder los contratos de comunicación social.

Justo a una de estas conferencias, la “nocturnera” del 20 de abril, asistió un trabajador de Comunicación Social de Salud quien, al día siguiente, dio positivo a la prueba de Covid19; autoridades determinaron que 28 personas pudieron haber tenido contacto y que 11 estuvieron en cercanía, por lo que recomendaron, a un grupo de reporteros, que se mantuvieran en aislamiento. Sin embargo, esto no detuvo ni cambió el formato de las conferencias en el Salón Tesorería y, de hecho, se añadieron dos más: una de ocho a nueve de la mañana y otra a las seis de la tarde.

Hay en el gremio una especie de injusta realidad asumida (yo la ubico dentro de las premisas del modelo neoliberal) que a muchos nos hacen pensar que las cosas así son, que la situación es inamovible y que, en medio de una crisis económica de la que apenas vemos las fauces, cualquier reclamo equivale a represalias seguras (siendo el despido la primera opción).

Pero creo que, justo ahora, en tiempos de pandemia, es necesario poner el foco nuevamente en el cuidado de quienes llevamos a cabo la tarea de informar porque, al fin y al cabo, y aunque busquemos las mejores imágenes e historias, al llegar a casa somos tan frágiles como cualquiera.

Finalizo con una frase aleccionadora de la maestra Irene Selser: “Si después de esta pandemia seguimos igual que antes, y no cambiamos, estaremos jodidos”.

Martha Caballero

Miguel Ángel García Tapia

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